Fisterra, a.C.

      En la costa más extrema de Occidente se terminaba el mundo. Un hombre solo vivía allí, sobre el borde del infinito. Habituado a la altura y a la distancia inmensa, ya no podía entrar en las casas circulares de piedra, ni sostener en las manos objetos tan vulgares y nimios, como cucharas o platos de madera. Se alimentaba de los frutos marinos, su piel era indiscernible del color de las rocas y sus ojos traslúcidos brillaban en la oscuridad como los ojos de los lobos.

      Nadie volvió a dirigirle nunca una palabra humana, ya que era sagrado y tan sordo como los dioses. Murió en las cuevas del risco después de haber contenido durante medio siglo el mar y el cielo para que no vaciasen su amor desaforado sobre el amor pequeño de las casas de piedra.