Fueguito

      La mujer tenía un fueguito en un lugar tradicional, común, de utilidades
         varias.
      Lo usó para devorar.
      Lo usó para guardar.
      Lo usó para envolver con seda roja la fuerza de un hombre.
      Lo usó para parir.
      Lo usó para reírse con sonrisa de noche.
      La mujer ha muerto, como todos los animales muy viejos. Está enterrada en un campo chico, donde duermen caballos bajo un cielo sin luces.
      Pero un fueguito sobrevuela la noche de caballos dormidos.
      Dicen que es la luz en pena de las ánimas.
      Dicen que acaso es el alma de la mujer.
      Pero solamente es el fueguito aquél, el del lugar común, tan fuerte como un alma, que alumbra, y alumbra.