Golpeando a las puertas del cielo

“Knock, knock, knocking at Heaven´s door...”
Erik Clapton

      Golpeando a las puertas del Cielo para pedir prestada una taza de azúcar, medio limón, un vino, dos cucharas de aceite necesarias.

      Golpeando a las puertas del cielo, vecina de intemperie, elevando bandejitas de súplica con una lista de pequeños dones que un Mano se niega a conceder.

      Y la voz educada contesta –El Señor no está, el Señor ha salido, yo no puedo darle nada en Su Nombre, vuelva mañana por la mañana, a esa hora encontrará al Señor, muy temprano, antes del alba-.

      Ella baja, humillada con furia, quebrando las ramas del árbol por donde ascendió –acaso algunas no vuelvan a retoñar y la escala se corte-. Ella se arroja sobre la tierra estrujando su papel en las manos con la taza vacía. Nunca ha llegado tan temprano para encontrar al Señor, nunca llegará. El sabe que la codicia de la suplicante no tiene medida, que el azúcar y el vino y el aceite se escurren por el hueco del deseo y que todos los dones arderán vanamente en alambiques de transmutación.

      Pero ella volverá a golpear a las puertas del Cielo pidiendo una taza de azúcar para engañar la boca de la muerte, y un vino oscuro para encerrar al tiempo en la fiesta del cuerpo y una sal de memoria para grabar el aire de los días que fueron, mientras sube, torpe obstinada por el árbol roto, envejeciendo, en bata de dormir, con pantuflas de invierno, a golpear la puerta del Señor que reserva sus secretos.