La desapareciente

      Donde las estrellas se quiebran como vidrio pulverizado, donde nada hay sino el idéntico relato del vacío que parte y vuelve sobre los trenes desvencijados de la tierra, allí te pusiste a levantar tu casa pieza por pieza como una miniatura de ladrillo para que jugaran con ella los inocentes, allí empezaste a cantar una canción que abría una puerta del cielo y otra del infierno para que salieran las almas de sus cárceles y se comunicaran tiniebla y transparencia.
      
      Allí
      te pusiste a esperar para que algo sanara, para que algo creciera, para que algo viviera.
      
      Ellos te decían que no: los que llevaban la materia más segura de las ciudades pegada a los zapatos y regresaban a los giros del mundo.
      
      Te decían que no.
      
      Te señalaban con cabezas distantes borraban la memoria de tu cara entre calles de vértigo.
      
      Pero esperabas, estabas esperando.
      
      Y buscabas las trizas de la luz caída y regabas con ácido las cenizas de los muertos por injusticia.
      
      Una noche te vieron disuelta los pasajeros.
      
      Estabas en la tierra estabas en el aire, estabas en el agua estabas en el fuego.
      
      Blanca te vieron en la ondeante claridad de todos los colores.
      
      Pero te hundieron debajo de las ruedas. Cerraron las ventanas y cerraron las puertas y cerraron los ojos.
      
      Y les tendía los brazos desde lo impalpable pidiendo que lo que fue no hubiese sido, reclamando al poder miserable y a todos los poderes, y al que Es para siempre pero no puede pero no está salvo en los sueños de los hombres.
      
      Y rezabas para que algo sanara para que algo creciera para que algo viviera, para que el tiempo aprendiese a restañar y a retroceder.
      
      Por el día de resurrección por el día de gloria por el día de los cuerpos reconstruidos, arrojando tus rosas de ácido contra las puertas sordas de los trenes, tus rosas de ácido contra las puertas cerradas del paraíso.