Las aguas grandes

      Bajo las aguas más grandes de esta tierra hay una ciudad. No es una ciudad encantada ni sus habitantes conocen la eterna dicha. Trabajan en oficios silenciosos y se calzan los pies con botas mullidas que recuerdan la seda. Son pálidos y húmedos y evitan mirarse en los espejos porque sus ojos tienen el don de transparencia.

      Su cielo es apenas un techo de roca parecido al cristal. Exploradores solitarios suben para tocar la superficie que filtra las vibraciones de luz.

      Alguien –siempre- mira desde abajo, con sed y amor, las aguas que se despeñan. Piensa que podría abrir una mínima compuerta y salir al otro lado del mundo donde el cielo termina. Pero el miedo es más fuerte y decide aguardar a que el día se acabe y la luz se retire, para llorar su pérdida.