Malón
Donde acaban las ciudades, los teatros y las casas ceremoniales, las fortificaciones y los puentes y aun los ranchos de barro que el viento puede borrar en un solo día, está la línea de la nada.
Tras ella -dicen- yace el Desierto que no tiene fin y es la cara de un Dios incomprensible que ha bajado de las catedrales y ha quemado las manos de los pintores y ha hecho estallar -para que nadie vea el secreto de sus ojos- hasta las más lejanas luces del cielo.
Tras ella -dicen- viven las criaturas de la oscuridad que duermen sobre el lomo de sus caballos, y no conocen el amor ni la palabra, sino apenas la guerra, el grito y el fuego. Dicen que no hay almas encerradas en sus cuerpos compactos, y por eso se mueven con la belleza de la libertad y son resistentes a las seducciones y las insidias.
De cuando en cuando cruzan la línea hacia los pueblos frágiles, roban y matan con inocencia, brillan bajo la noche con todas las luces que Dios ha retirado de las alturas.