Ojos de Dios

      Los ojos de Dios crecen en las cavidades como los hongos bajo la humedad de las lluvias. Nacen sin cultivar, indisciplinados y múltiples, para ser devorados por animales pequeños o por niños cazadores de lagartijas.

      Cada ojo es un mundo minúsculo que sólo puede verse al trasluz. Pero nadie se detiene a mirarlo y el diseño profundo y delicado de todo un cosmos desaparece bajo los colmillos de un perro o los dientes de un chico, con un sabor agridulce y una consistencia viscosa que estimula la desazón y la melancolía.

      Los perros vagabundos que anuncian funerales, los hombres atrabiliarios y las mujeres estériles son -dicen- los que comieron ojos de Dios y ahora ambulan por los bordes de la vida, ciegamente rencorosos y tristes porque alguna vez tuvieron y perdieron la más secreta irradiación del mundo.