Ruptura
Cuando todas las cosas dejan de vibrar, el silencio las envuelve y las pierde. Es inútil buscar una mesa, una silla, una cuchara, un libro inmóvil. Están detrás de una pared de cristal, inaccesibles y fijas como la cara de los muertos.
Quien avanza en el cuarto siente el pavor de la exclusión y de la pérdida. Porque lo han arrojado de la casa del orden y su vida es una insolente violencia condenada a vagar, con sonido y con furia, en la tiniebla externa.
Hasta que el silencio se rompe con dos palmadas y un grito, se barren hacia fuera los escombros delicados, y la cara terrible de Dios rueda por las baldosas del patio, diseminada y dormida.