Secretaría de la Escuela en la Capilla de Mater Admirabilis
Subiste y era la misma habitación, aunque los vidrios estuviesen cubiertos por papel de contacto y adentro se repartieran prolijamente archivos y en la pantalla del ordenador se encendiese toda la información posible y deseable sobre las horas de este mundo.
Pero ella brillaba aún en la pared, primaveral, idéntica, sonriéndote apenas en un sueño inconcluso.
(No me sonrías, no vine a verte, Madre, muchachita más joven que yo ahora. Vine a pedir un certificado de escolaridad tengo tres hijos, tengo canas que aumentan, tengo una piedra en cada mano para arrojar a los engañadores de este valle de lágrimas-.)
Madre de Dios, madre de paradojas, madre de lo imposible, no traje flores hoy, pero tengo una rosa en el jardín que florece como una anomalía del otoño, tengo unos muertos siempre frescos para ofrecerte en forma de corola, tengo también una piedad furiosa: puedo mezclarla en ramo con unos nomeolvides y tristes pensamientos que nacieron sin tallo.
Madre no me sonrías, no hay que sonreír. No sonreirás a los testigos de Dios que apagamos el fuego de nuestras bocas en un vaso de incuria, a los que pactamos con pequeños demonios para seguir viviendo de este lado donde cualquier imagen se deshace.
Madre no me sonrías. Sonríele a la niña en el reclinatorio que no existe, arrodillada para mirar la iglesia más abajo como una gran bodega misteriosa.
Síguele sonriendo invulnerable intacta mientras reúno en vano los fragmentos de este rompecabezas de papel: el mundo como está, con los bordes quemados por lentas corrupciones, para que lo rehagas, niña, iluminada en tu jardín de Italia con el huso en las manos.