Sempre en Galiza
La montaña es un cambio en la respiración. Las botas comienzan a resbalar por la tela de musgos radiantes con que el monte se cubre y el aire se enriquece con el olor de las raíces expuestas a la humedad perenne y al silencio.
Más arriba cae el torrente de aguas de lluvia que se ve desde las ventanas del valle y en la corteza del invierno el bosque oculta tus memorias de antes de nacer.
Una muchacha se sentaba allí para mirar el mar con sueños tercos. Tenía las ropas negras y las trenzas rojas y gritaba al futuro para que la escucharas. El grito era una canción que podía curar o levantar las almas de sus mezquinos territorios en camposantos remotos y extranjeros.
Cuando la canción concluía, ella te ordenaba en voz baja: Me traerás mi rizo guardado en un relicario. Me traerás el corazón de tu padre en un papel de Biblia, aplanado y tranquilo como las hojas secas. Me traerás el rosario de tu comunión para que sus cuentas iluminen mi oscuridad y reflejen las caras de otro tiempo. Me traerás la tierra de la llanura para que mis huesos aprendan a bailar en el revés del mundo.
Me traerás tu deseo.