IX
LA METAMORFOSIS DEL VAMPIRO
La mujer nos decía con su boca de fresa, ondulante, acechante, entre sierpe y tigresa, los senos oprimidos a punto de estallar, estas palabras que ella dejaba resbalar: "Yo tengo el labio húmedo y conozco la ciencia que en el fondo del lecho diluye la conciencia. Enjuga todo llanto la gloria de mis senos que hacen reír a los viejos igual que a niños buenos. ¡Y soy para quien sepa contemplarme sin velos la luna, y soy el sol, las estrellas, los cielos! Tan docta soy amando, queridos sabihondos, cuando un hombre aprisiono en mis brazos redondos o cuando a sus mordiscos abandono mi pecho, frágil y libertina a la vez, que en mi lecho, gustador del deleite que raya en frenesí, hasta los mismos ángeles se perdieron por mí." Cuando toda la médula succionó de mis huesos, y sobre ella rendido quise darle mis besos, advertí que en sus flancos todo fue en un momento resbalaba un humor viscoso, purulento. Cerré entonces los ojos de frío y de terror, y al abrirlos de nuevo al vivo resplandor, junto a mí, y en lugar del maniquí gozado que parecía haberse ya de sangre saciado, temblaba un esqueleto, produciendo un crujido como el de esa veleta que da un agrio chirrido, o el rótulo hecho trizas del umbral del infierno tremolando en el viento de una noche de invierno.Publicado inicialmente en Texto Sentido