Diecisiete años
No hay palabras, amor: sentado sobre mi edad sólo atino a mirarte. ¿Soy acaso parte del milagro? ¿Tu ajenidad se debe a mi andar por los sueños? ¿O el prodigio se ha cumplido por simple encantamiento, por un divino favor que puso en tu mirada todos los colores del asombro? Es todo, hija: tu otra gota y vos. Y el manantial es cierto.