Diecisiete años

No hay palabras, amor:
sentado sobre mi edad
sólo atino a mirarte.
¿Soy acaso parte del milagro?
¿Tu ajenidad se debe
a mi andar por los sueños?
¿O el prodigio se ha cumplido
por simple encantamiento,
por un divino favor
que puso en tu mirada
todos los colores del asombro?

Es todo, hija:
tu otra gota y vos.
Y el manantial es cierto.