La canción

La cicatriz que llevo de la mano
como una criatura nacida de mis brasas...

Es que todas las canciones que conozco
hablan de deseos y ausencias,
de ojos que se diluyen en humo y llamas,
de arrullos subterráneos que suben
       a un cielo infranqueable.
Asoma el sol a veces
-sus puntuales sedas-,
y la percepción de algo muy hondo
se enlaza a la piedad del instante.
Todo lo que he sido
se refleja en la canción,
y me evidencia su resplandor
de piedra mojada por una lluvia
que sólo sabe de pálidas memorias,
de blancos muslos
que manan su líquido dorado
sobre mis interminables regresos
       y adioses.

                    Cuántas flores nuevas
le han nacido a la pared que separa
       mi casa de mis ansias....
tantas que ya me voy sintiendo
un extraño en mis dominios,
un gato hambriento,
rondando los techos aledaños.

Sólo me reconozco en la canción,
aunque diga que todo está igual
y la escalera que accedía
a los olores del jardín contiguo,
y la voz de la muchacha
ofrendando su ligera impudencia
al dios fantasioso, son las mismas.

¿Pero quién se conduele
de mi callada ferocidad?,
¿quién pregunta por mis precarios
       trofeos
encerrados en un espejo inmóvil?

Venga pues la canción.
No he clausurado aún mi cuerpo,
y el mismo polvo que moja
al pájaro y al niño
cae sobre mi cara,
la cicatriz que llevo de la mano
como una criatura nacida de mis brasas.