La primera mirada

La primera mirada es decisiva:
no hay que asombrarse
si sobre la mesa el pan no humea.

En el centro del mantel
la jarra ha sido suplantada
por el grito,
y así la escena familiar
se repite indefinidamente.

Si el cielo raso se agrieta
y llueven filigranas de cal
       en las cabezas,
no hay de qué preocuparse:

al fin y al cabo
el deterioro es el signo de este siglo,
y aún nos queda el patio trasero
donde poder mudar nuestra nostalgia.