La primera mirada
La primera mirada es decisiva: no hay que asombrarse si sobre la mesa el pan no humea. En el centro del mantel la jarra ha sido suplantada por el grito, y así la escena familiar se repite indefinidamente. Si el cielo raso se agrieta y llueven filigranas de cal en las cabezas, no hay de qué preocuparse: al fin y al cabo el deterioro es el signo de este siglo, y aún nos queda el patio trasero donde poder mudar nuestra nostalgia.