Las amigas de mi abuela
Íbamos a verlas los días de los muertos, cuando la muerte no dolía. Mi madre (que era hermosa y usaba tacos altos) nos llevaba de la mano, se pintaba la boca. Hablaban piamontés, la palabra cerrada en la garganta a gritos. Nos ponían vestiditos blancos de piqué y volvíamos con olor a gladiolos, a margaritas. Tenían una casa oscura las amigas de mi abuela, y el tamaño de un hombre. Ellos en cambio eran flacos, frágiles como niñas: se llamaban Geppo,Vigü, Gennio, Chiquinot.