CIUDAD DE LOS PUENTES

las nuevas diosas se ciernen
sobre el gran puente, cual aves
de mimbreadas alas,
de finísimas patas
de emplumadas zancudas,
en sus escasas carnes
danzan desnudas sedas,
nilones de oro,

reverbera el dorado
y la retama seca
en exquisitos sueños,
sin precio en la etiqueta
de una engolada firma,

en plena reunión
de la familia,
a la hora de la cena,
mientras dan las noticias
por la Tele,
surge el gran espectáculo:
una noticia seria
y las bellas zancudas
majestuosas vienen
hacia nosotros,
nos magnetizan
envueltas en sus sudarios
de humo,

sus transparentes tallas,
penetran las miradas
de adolescentes ángeles,
que adoran
esa corporeidad etérea,
servida en un menu á degustation
de lo que ahora se lleva,
y en el otro menú,
María a regañadientes
el plato rebosando
-¿y quién se pone esos modelos
para ir como un ser de este planeta
por la calle? -dice la madre
-¡María come, come ya
la carne!

por fin ha terminado
la travesía
de ese puente de platos
infinito, piensa ella
que se siente engulada
de tanto alimentarse por los ojos,

le falta tiempo para levantarse,
tiene una cita inaplazable
delante de un espejo que miente,
allá dentro, en el cuarto de baño,

sólo las cañerías que se lavan las manos
saben y guardan el secreto
de esa concavidad en el azogue

y cada vez se hunden más los ojos
que lo miran,
y cada vez él se ve más refulgente
y más lujoso