CIUDAD DE LOS PUENTES
las nuevas diosas se ciernen sobre el gran puente, cual aves de mimbreadas alas, de finísimas patas de emplumadas zancudas, en sus escasas carnes danzan desnudas sedas, nilones de oro, reverbera el dorado y la retama seca en exquisitos sueños, sin precio en la etiqueta de una engolada firma, en plena reunión de la familia, a la hora de la cena, mientras dan las noticias por la Tele, surge el gran espectáculo: una noticia seria y las bellas zancudas majestuosas vienen hacia nosotros, nos magnetizan envueltas en sus sudarios de humo, sus transparentes tallas, penetran las miradas de adolescentes ángeles, que adoran esa corporeidad etérea, servida en un menu á degustation de lo que ahora se lleva, y en el otro menú, María a regañadientes el plato rebosando -¿y quién se pone esos modelos para ir como un ser de este planeta por la calle? -dice la madre -¡María come, come ya la carne! por fin ha terminado la travesía de ese puente de platos infinito, piensa ella que se siente engulada de tanto alimentarse por los ojos, le falta tiempo para levantarse, tiene una cita inaplazable delante de un espejo que miente, allá dentro, en el cuarto de baño, sólo las cañerías que se lavan las manos saben y guardan el secreto de esa concavidad en el azogue y cada vez se hunden más los ojos que lo miran, y cada vez él se ve más refulgente y más lujoso