CIUDAD DE LOS TRENES
los días eran lentos y viajaban en usados vagones de tercera, con billetes de ida, y fiambreras generosas y afables, hermanos todos de un mismo origen, y miserias de tierras pedregosas, y arcillas cantarinas y sedientas los trenes envueltos en vapores de humo, parecían ballenas imponentes cuando anclaban sus caparazones en la vieja estación de un pueblo ya importante el ascenso a aquel cuerpo de hueca entraña no era fácil, pero ya aposentados y a través de los turbios cristales, veíamos pasar las tierras y las horas moribundas, que iban quedando atrás por la fuerte presencia de Eldorado por fin aquellos largos monstruos de futuro, llegaban atraídos por extraños imanes a la Estación del Norte, nadie nos esperaba pero la lluvia avariciosa, emborrachaba el alcantarillado, y amenazaba ahogar entre sus cuerdas las maletas de aquel duro cartón de ultramarinos los tranvías de la ciudad iban de retirada, y anunciaban con ese desgastado chispear la aparición de nuevos tiempos, escampaba la lluvia y un repiqueteo de pequeñas campanas bajo holgada capa nos sorprendió en la noche, el guardián de las puertas de la ciudad pacientemente nos entregó sus llaves éramos niñas y niños con puente hacia la edad adulta, sin adolescencia y con trabajos de aprendices y clases de nocturno, pero crecimos como ramas de un árbol que adoptó nuestros nombres, historias casi ajenas a los hijos de hoy, fruto de un mestizaje en la ciudad calificada por poetas de hospitalaria y capital de los mares