CIUDAD DERRUIDA

la muerte se ha instalado,
ha plantado su tienda
en un sembrado estéril
al borde del infierno,
y allí escondida acecha
la llamada
del cielo ensangrentado,
castigo sin principio
que azota la ciudad

la muerte aguarda afuera,
echa raíces, también
en las macetas más ajenas
de la esquina,
y taja con cenizas
un poniente de claveles rojos

la tierra dividida
se hace cieno,
despachos
de ciudad cosmopolita
pactan la unión
de enredaderas
de agua, o muérdago
alrededor de troncos
de laurel

y mientras, la muerte
dragonea en las calles,
segando a bocanadas
moradas y miradas
de niños, luz quemada
astillas de retama

y pronto
Apocalipsis
de algún dios unívoco
que apela con su cetro
y ordena
la erección del monolito negro
de siempre
en la ciudad-sepulta,

pero los que escaparon,
aquellos que vieron y sintieron
la lucha de los ojos
entre el fósil y el fuego,
detrás de sí
¿cómo podrán levantar muros
sobre sus propias lápidas?

quién de esa mella, de ese fracaso
inmenso hará sosiego
cuando despierte el alba