THAILANDIA

(Hacia el norte)
      I
El color anaranjado y ocre,
Ocre y anaranjado zigzaguean
Entre verdes ampulosos
Y dorados de incienso.

El olor denso y difuso
Entre hocicos bendecidos
Loto y orquídeas.

El trasiego desnudo
De los pies orantes.
Los ojos del flash
Ante el dios de metal
      II
Merodea el agua entre las hojalatas
De color tierra.
No sabemos si habitarán dentro.
A lo largo del río escalonadas
Bailan la música del viento
Suben y bajan.
Las humildes casitas destartaladas
Sueñan
En lo alto el gran templo y las campanas
      III
El hombre de ojos rasgados
Se desliza de otra piel,
Se baña en el silencio ocre
De las primeras luces,
Visita el mercado
Y ofrece alimentos a su dios.

Ella tiene ojos de ensueño
Enmarañados en la nebulosa
De lo distinto,
Y puede intuir su anhelado sosiego
Debido a una vieja ley
Del equilibrio y la compensación
      IV
El día ha encanecido,
La tarde casi sombra
Del gran sol oriental
Aún bendice el esfuerzo
De los torsos doblados
Y las manos que horadan.

De pronto, en el ribazo
Una invasión de cámaras
De marcas mil
Desenfrenadas y anhelantes
Disparan,
A fin de poseer lo exacto
Del instante.

Los hombres y mujeres abren
De par en par sus rostros
y disculpan la irrupción
En su sagrado quehacer
(Hacia el sur)
Al sur el paraíso se ha embarrado.
El dorado se ha vuelto lodazal.
Los carteles anuncian sus productos:
Cualquier calle es válida
Para hacer mercadería del amor
A plena luz del día.

El mar de la China embravece con astas,
Arremete embozado en su capa de lluvia
Y ellas
Sonríen oscuras desde las barras.

Un disfraz de rostro infantil contrasta
Con otro senil apanojado,
Aquél asiente, y espera el final.

Lentamente la ciudad se despereza
Y apura aún los últimos instantes
Por el mismo precio acordado