THAILANDIA
(Hacia el norte)IEl color anaranjado y ocre, Ocre y anaranjado zigzaguean Entre verdes ampulosos Y dorados de incienso. El olor denso y difuso Entre hocicos bendecidos Loto y orquídeas. El trasiego desnudo De los pies orantes. Los ojos del flash Ante el dios de metalIIMerodea el agua entre las hojalatas De color tierra. No sabemos si habitarán dentro. A lo largo del río escalonadas Bailan la música del viento Suben y bajan. Las humildes casitas destartaladas Sueñan En lo alto el gran templo y las campanasIIIEl hombre de ojos rasgados Se desliza de otra piel, Se baña en el silencio ocre De las primeras luces, Visita el mercado Y ofrece alimentos a su dios. Ella tiene ojos de ensueño Enmarañados en la nebulosa De lo distinto, Y puede intuir su anhelado sosiego Debido a una vieja ley Del equilibrio y la compensaciónIVEl día ha encanecido, La tarde casi sombra Del gran sol oriental Aún bendice el esfuerzo De los torsos doblados Y las manos que horadan. De pronto, en el ribazo Una invasión de cámaras De marcas mil Desenfrenadas y anhelantes Disparan, A fin de poseer lo exacto Del instante. Los hombres y mujeres abren De par en par sus rostros y disculpan la irrupción En su sagrado quehacer(Hacia el sur)Al sur el paraíso se ha embarrado. El dorado se ha vuelto lodazal. Los carteles anuncian sus productos: Cualquier calle es válida Para hacer mercadería del amor A plena luz del día. El mar de la China embravece con astas, Arremete embozado en su capa de lluvia Y ellas Sonríen oscuras desde las barras. Un disfraz de rostro infantil contrasta Con otro senil apanojado, Aquél asiente, y espera el final. Lentamente la ciudad se despereza Y apura aún los últimos instantes Por el mismo precio acordado