Automemoria
He caminado esas calles desoladas
llenas de gente viviendo en altos rascacielos,
las he caminado solo y fumando
hasta que amaneció entre los edificios.
He pasado noches empastillado
estudiando en esa pieza barata
para rendirle el parcial de ingeniería a mi viejo.
Tomé vino tinto en bares amarillos
con locos y cirujas que se reían de mí y del mundo.
He caminado esas calles desoladas
en noches de otoño
mirando las ventanas encendidas
en las torres de cemento
y me sentí ajeno y dueño de la noche.
Tomé vodka sobre una barra hasta emborracharme
y me animé a encamarme con una puta
que hacía que gozaba para saciar mi ego alcoholizado.
Otras noches me senté en la vieja silla
y escribí cartas oscuras y poemas terroríficos
a la increíble mujer del colectivo.
Viajé colado en los trenes
con soldados, borrachos y sirvientas
durmiendo amontonados en el piso del vagón.
En uno de esos viajes
le toqué el traste a una gorda
en un vagón oscuro de primera clase
y estuvo saltando arriba mío
y no sé si fue amor o sexo pasajero
pero me sentí el campeón del levante
cuando acabé entre sus gruesas piernas.
He caminado esas calles desoladas
con casas chatas y luces amarillentas en la esquinas,
y me metí en billares llenos de humo
y gasté noches enteras tomando ginebra
para ahuyentar la soledad y encontrar un sentido,
y regresé hablando solo y borracho
a la vieja cama de la pieza que alquilaba.
He viajado por el mundo metido en mi pieza
y me encamé con todas las minas
que me calentaban desde la pantalla.
Leí rayuela un día cualquiera
y me soñé en París con una francesita en un café
y después haciéndole el amor con música de jazz.
He caminado esas calles desoladas
buscando buscando y buscando
y hoy, después de veinte años
lo sigo haciendo cada vez que apago el velador
y le doy cuerda al reloj
que rutinariamente sonará a las 7 de la mañana.
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