La cuarta elegíaOh árboles de vida, ¿cuándo el invierno? Nosotros no vamos al unísono. No somos sensatos como las aves migratorias. Retrasados y tardíos, nos imponemos repentina, forzadamente a los vientos, y nos derrumbamos sobre un estanque indiferente. Sabemos al mismo tiempo florecer y marchitarnos. Y por algún lado andan todavía los leones y no saben, mientras siguen siendo majestuosos, de impotencia alguna. Pero nosotros, cuando queremos una cosa, siempre, ya estamos acariciando la otra. La hostilidad es en nosotros lo primero. ¿Acaso los amantes no están siempre poniéndose límites, uno a el otro, ellos, que se prometían espacios, presa, hogar? Ahí, para un dibujo instantáneo, se elabora penosamente un fondo de contradicciones, de modo que lo veamos; pues somos demasiado claros, no conocemos por dentro el contorno del sentimiento, sino solamente lo que se forma por fuera. ¿Quién no se sentó inquieto frente al telón de su corazón? El telón se levantó: el escenario era de despedida. Fácil de entender. El jardín conocido, y oscilaba un poco: entonces apareció primero el bailarín. No éste. Basta. Y aunque sea ligero al actuar, está disfrazado y se convierte en un burgués, que cruza por su cocina, entra a casa. No quiero estas máscaras a medio llenar, prefiero la marioneta. Está llena. Quiero soportar sobre mí su cáscara, el alambre, su rostro meramente exterior. Aquí. Ya estoy adelante. Incluso si apagan las luces, si me dicen: "Ya se acabó"; incluso si del escenario llega el vacío con la gris ráfaga de aire; incluso si ninguno de mis silenciosos ancestros continúa sentado junto a mí, ninguna mujer, ni siquiera el muchacho de los ojos bizcos, cafés (8): me quedo, a pesar de todo. Siempre hay algo qué ver. ¿No tengo razón? Tú, a quien en mí la vida supo tan amarga, cuando probaste la mía, padre, la primera infusión turbia de mi deber; conforme yo crecí seguiste probándola, y todavía ocupado en el regusto de un futuro tan extraño, examinabas mi mirada empañada; tú, padre mío, desde que estás muerto, dentro de mí, en mi esperanza, con frecuencia tienes miedo, y me envías serenidad, como la tienen los muertos, reinos de serenidad, para mi pizca de destino, ¿no tengo razón? Y ustedes, ¿no tengo razón?, ustedes, las que me amaron por el pequeño comienzo de amor hacia ustedes, del que siempre me aparté, porque, para mí, el espacio dentro de vuestros rostros, aunque lo amara, se transformaba en un espacio cósmico donde ustedes ya no estaban... ¿No tengo razón en esperar, cuando me siento con ganas de esperar, frente al teatro de títeres? ¿No la tengo, en mirarlo tan intensamente, de modo que, para contrapesar mi espectáculo, finalmente haya de venir un ángel, a manera de actor, que ponga en pie los muñecos? Angel y marioneta: por fin hay espectáculo. Entonces se une lo que nosotros siempre desgarramos con sólo estar aquí. Sólo entonces surge de nuestros propios cambios de estación el círculo de todo el cambio. Encima de nosotros y más allá entonces actúa el ángel. Mira, los moribundos, ¿no han de sospechar acaso cómo todo lo que aquí realizamos es, completamente, un pretexto? Ninguna cosa es ella misma. Ah, horas de infancia, cuando detrás de las figuras había algo más que el mero pasado, y delante de nosotros, ningún futuro. Cierto, crecíamos, y a veces nos empeñábamos en hacernos mayores demasiado rápido, en parte por amor a aquéllos, que ya no tenían otra cosa que el ser mayores. Y sin embargo, cuando estábamos en nuestra soledad nos divertíamos con la permanencia y perdurábamos ahí, en la brecha entre el mundo y el juguete, en un lugar que desde el principio se había establecido para un acontecimiento puro. ¿Quién mostrará un niño, tal como existe? ¿Quién lo colocará en la constelación y le dará en la mano la medida de la distancia? ¿Quién hará la muerte niña con pan gris, que se endurece? ¿O se la dejará ahí, en la boca redonda, como en el corazón de una hermosa manzana?... Los asesinos son fáciles de entender. Pero esto: la muerte, la muerte total, aun antes de contener la vida tan dulcemente, y no ser malo, es indescriptible.
(8) Este chico tiene algún sentido autobiográfico, pero sobre todo refiere al personaje Erik Brahe, de Los cuadernos de Malte Laurids Brigge.