La novena elegía
¿Por qué, si es posible llevar el plazo de la existencia
como un laurel, (18) un poco más verde que todo 
lo otro verde, con pequeñas ondulaciones en la orilla 
de cada hoja (como una sonrisa del viento): por qué, 
entonces, tener que ser humanos -y, evitando el 
destino, anhelar destino?... 
Oh, no porque haya felicidad,
esa prematura ganancia de una pérdida cercana... 
No por curiosidad, ni como ejercicio del corazón, 
que también pudiera estar en el laurel...
Sino porque es mucho estar aquí, y porque al parecer nos 
necesita todo lo de aquí, lo fugaz, de manera extraña
nos concierne. A nosotros, los más fugaces. Todo una 
vez, sólo una. Una vez y nada más. Y nosotros también 
una vez. Nunca otra. Pero este 
haber sido una vez, aunque sea una sola: 
haber sido terrenal, no parece revocable. 
Y así nos urgimos y queremos llevarlo a cabo,
queremos contenerlo en nuestras simples manos,
en nuestra mirada cada vez más colmada y en el corazón 
atónito. Queremos llegar a serlo. ¿Dárselo a quién? Mejor 
consérvalo todo para siempre... Ah, por el otro lado,
ay, ¿qué se lleva uno más allá? No la mirada, la aquí 
lentamente aprendida, ni nada de lo que ocurrió aquí.
Ninguna cosa. Entonces, los dolores. Entonces sobre todo 
la pesadumbre, entonces la larga experiencia del amor; 
entonces lo puramente indecible. Pero luego, bajo 
las estrellas, ¿qué ha de ser de eso? Ellas son mejores 
inefables. Pues bajando por la falda de la montaña, 
el caminante tampoco trae al valle un puñado de tierra, 
la inefable para todos, sino una palabra ganada, pura, 
la genciana (19) amarilla y azul. ¿Acaso estamos aquí 
para decir: casa, puente, fuente, puerta, jarra, árbol 
frutal, ventana; a lo más: columna, torre?... Sino 
para decir, compréndelo, oh para decirlo así, como 
íntimamente las cosas mismas nunca creyeron serlo. ¿No es 
la secreta astucia de esta callada tierra, cuando 
impulsa a los amantes, que en su sentimiento, todas 
y cada una de las cosas se arroben?
Umbral: ¿qué es para dos
amantes, gastar su propio, viejo umbral de la puerta
un poco, también ellos, después de los muchos 
que los precedieron y antes de los venideros...? Poca cosa.
Aquí está el tiempo de lo decible, aquí su patria.
Habla y confiesa. Más que nunca
van cayéndose las cosas, las que podemos vivir, pues
lo que las sustituye, desplazándolas, es un hacer sin imagen. 
Actuar bajo costras, que por sí mismas revientan, 
tan pronto por dentro la actividad las rebasa y se limita 
de otra manera. Entre los martillos persiste
nuestro corazón, como entre los dientes
la lengua, que sin embargo
continúa alabando.
Alabe el mundo al ángel. No el mundo inefable. Ante 
el ángel no puedes jactarte de tu sentir esplendoroso; 
en el universo, donde él, más sensible, siente, eres 
un novato. Por esto, muéstrale lo sencillo, 
lo configurado de generación en generación, lo que 
como cosa nuestra vive junto a la mano y en la mirada.
Dile las cosas. Se quedará más asombrado, como
lo estuviste tú junto al cordelero en Roma o al alfarero 
en el Nilo. Muéstrale qué feliz puede ser una cosa, qué 
libre de culpa y qué nuestra; cómo el propio dolor
que se queja se encamina, puro, hacia la forma, sirve 
como una cosa, o muere en una cosa -y felizmente escapa 
del violín, rumbo al otro lado. Y estas cosas, que viven 
en el camino de salida, entienden que las alabas; 
pasajeras, nos creen algo que salva, a nosotros, los más 
pasajeros. Quieren que las transformemos por completo, 
dentro del corazón invisible, ¡en -oh, infinitamente- 
nosotros!, quienesquiera que finalmente seamos. 
Tierra, ¿no es esto lo que quieres: invisible 
resurgir en nosotros? ¿No es tu sueño 
ser alguna vez invisible? ¡Tierra! ¡Invisible! 
¿Cuál, si no la transformación, es tu misión urgente? 
Tierra, tú, amada, yo quiero. Oh, créeme: no necesitas 
más de tus primaveras para ganarme para ti, una, 
ay, una sola es ya demasiado para la sangre. 
Sin palabras estoy por ti decidido, desde hace mucho. 
Siempre tuviste razón, y tu idea santa 
es la muerte íntima. 
Mira, yo vivo. ¿De dónde? Ni la infancia ni el futuro 
son menos... Existencia de sobra 
me mana en el corazón.

(18) El castillo de Duino tenía laureles. Dafne se convirtió en laurel para escapar de Apolo: símbolo de la fuga del destino humano, rumbo a la serenidad vegetal.

(19) En algunas regiones de Europa se atribuye propiedades mágicas, contra la muerte, a la genciana, que tiene variedades azules y amarillas (Barjau).