La séptima elegía
Ya no cortejar, no hacer la corte; voz emancipada
sea la naturaleza de tu grito; aunque gritaste 
con la pureza del ave, cuando la nueva estación lo alza, 
casi olvidando que es un inquieto animal y no solamente 
un corazón único lo que ella lanza a las alturas, 
a los cielos íntimos. Como él, así, nada menos, 
seguramente también cortejarías una amiga, 
todavía invisible, la silenciosa, que supiera de ti;
en la que lentamente una respuesta despierta, 
se calienta al ser escuchada: para tu osado 
sentimiento, la que siente, encendida. 
Oh y la primavera comprendería, no hay lugar donde 
no se oyera la tonada de la anunciación. Primero 
esa pequeña algarabía interrogativa, 
a la que con creciente calma rodea, desde la lejanía, 
con su silencio, un día afirmativo, puro.
Luego los escalones ascendentes, escalones sonoros, 
hacia el soñado templo del futuro; luego el gorjeo, 
el surtidor, que en su chorro impetuoso ya anticipa 
la caída en juego promisorio... Y delante, el verano.
No solamente todas las mañanas del verano, no solamente
cómo ellas se transforman en día e irradian 
comienzo. No solamente los días que son suaves, alrededor 
de flores, y arriba, de árboles bien conformados, 
fuertes y poderosos. No sólo el fervor de estas fuerzas 
desplegadas, no sólo los caminos, no sólo los prados 
en la tarde, no sólo, después de la tormenta tardía, 
la claridad respirada. No sólo el sueño próximo y un 
presentimiento, al atardecer... ¡Sino las noches!, 
sino las noches altas, las noches de verano.
Sino las estrellas, las estrellas de la tierra.
¡Oh, ya estar muerto, y conocerlas interminablemente,
todas las estrellas: pues cómo, cómo, cómo olvidarlas!
Mira, he llamado a la amante. Pero no vendría sólo 
ella... De tumbas endebles saldrían muchachas 
y estarían aquí... ¿Pues cómo restringiría,
cómo, la llamada de mi llamado? Los hundidos siempre
buscan aún la tierra. Ustedes, niños: una cosa
aquí aprendida de una buena vez valdría por muchas.
No crean ustedes que el destino es más de lo que cupo 
en la infancia; con qué frecuencia ustedes rebasarían
al amado, jadeando, jadeando por la carrera bendita, 
en pos de nada, en campo abierto. Estar aquí 
es magnífico. Ustedes lo sabían, chicas, también 
ustedes, las al parecer incapaces de hundirse, ustedes, 
en las callejuelas más odiosas de las ciudades, 
supurantes, o abiertas a la inmundicia. Pues para cada 
una de ustedes hubo una hora, quizás ni una hora 
completa, apenas medible en medidas de tiempo, entre 
dos momentos, donde tuvieran realmente existencia. 
Toda. Las venas llenas de existencia.
Sólo que olvidamos tan fácilmente lo que el vecino, 
riendo, ni nos confirma ni nos envidia. Visiblemente 
queremos alzarlo, mientras que la dicha más visible, 
en realidad, sólo se nos da a conocer cuando 
la transformamos interiormente.
En ningún lugar, amada, existirá el mundo sino adentro. 
Nuestra vida avanza transformando. Y decrece cada vez 
más lo de afuera, hasta la insignificancia. Donde hubo 
una casa permanente, se nos propone ahora, de través, 
una figura mental, completamente perteneciente 
a la imaginación, como si estuviera del todo aún 
en el cerebro. Amplios graneros de fuerza se crea 
el espíritu del tiempo, amorfos como el tenso impulso 
que obtiene de todo. Ya no conoce templos. Este derroche 
del corazón lo ahorramos en secreto. Sí, donde sobrevive
todavía una cosa, una sola cosa a la que en otro tiempo
se rezaba, se veneraba, o frente a la cual arrodillarse,
ya se remonta, tal como es, a lo invisible. Muchos 
ya no la advierten; carecen de la ventaja de construirla
ahora, internamente, con columnas y estatuas,
¡más grande!
Cada sorda vuelta del mundo tiene tales desheredados,
a quienes no pertenece ni lo anterior ni, todavía,
lo venidero. Pues aun lo venidero más cercano está lejos
de los hombres. Y esto no debe desconcertarnos, sino
fortalecernos en la conservación de la forma aun
reconocida. Esto estuvo en pie alguna vez entre
los hombres, estuvo en mitad del destino; estuvo 
en el aniquilador desconocido, en mitad del hacia dónde,
como si existiera; y dobló hacia sí las estrellas 
de los cielos garantizados. Angel, a ti también
te lo muestro, ¡ahí! Que en tu mirada se ponga en pie,
finalmente salvado, ahora finalmente erguido. Columnas, 
pilonos, (16) la esfinge, la ambiciosa resistencia gris,
en la ciudad que se desvanece, o en la extranjera, de la catedral.
¿No fue esto un milagro? ¡Maravíllate, oh Angel, pues eso 
somos nosotros, nosotros! ¡Oh tú, el grande, cuéntalo!:
que nosotros fuimos capaces de algo así, mi aliento 
no alcanza para celebrarlo. De modo que, a pesar de todo, 
no hemos desperdiciado los espacios, estos generosos 
espacios nuestros. (Qué terriblemente grandes deben ser,
para que en milenios nuestro sentimiento no los colmara.)
Pero una torre fue grande, ¿no es cierto? Oh ángel, 
lo fue. ¿Fue grande, aun junto a ti? Chartres fue 
grande, y la música llegó más lejos aun y nos sobrepasó. 
Sin embargo, incluso solamente una amante, oh, sola 
en la ventana nocturna... ¿te llegaba siquiera 
a la rodilla? No creas que estoy cortejando, ángel,
¡y aun si te cortejara! No vienes. De modo que mi 
llamada es siempre totalmente de ida; contra corriente 
tan vigorosa no puedes andar. Como un brazo extendido 
 es mi llamada. Y su mano, abierta hacia arriba
para alcanzar, permanece ante ti, abierta, 
como defensa y como advertencia, 
inasible, lejos allá arriba.

(16) Las fachadas de los templos egipcios.