El anciano escultor
a Victorio Macho
Esa callejuela conduce a la casa de Victorio
y al pequeño jardín sobre Roca Tarpeya.
Esa es la callejuela
gastada por hebreos y cristianos.
Por ahí viejos refugios de la judería
-bóvedas de cañón, arcos de herradura-
                  con el corazón bajo la tierra
                  cavernas
                  las mikvás
                  el silencio mistérico.
Más allá la calle de las Animas
y sólo la memoria de la casa del Duende
la plazuela de los Caños de Oro y
la del Pozo Amargo donde Raquel se lamentaba.
El anciano Victorio
se asomaba hacia el río del crepúsculo
y creía ver su vida en esas aguas
fluyendo hacia otra vida,
sus manos modulando confusas arboledas.
Sin apuro
crecía el sílice en su carnadura
para unir sus entrañas con el Cristo de Otero
en una sola pieza.