BORGES EN ÉFESO
Hay sabios que dicen
-en Alejandría, creo- que el mundo
es uno solo, y es el centro
de todo; y nosotros aquí, o un hombre
hiperbóreo, o sármata, no piensan
diferente ni son distintos a nosotros.
Que todos los dioses son los mismos.
Que todas las monedas valen lo mismo,
esto es, según su ley, claro, y que uno
puede ser automáticamente reemplazado
allí donde su señor no lo precise.
Pero el viento en Bactriana
tiene esa ciudadanía, el agua
asiria piensa en esos dioses,
los esclavos no pueden
intercambiar, sea como sea,
su corazón, entre ellos,
ni con los hombres libres,
y los mismísimos
cielos, no son siete?
Aunque quizás los números
sean sólo una invención,
porque el caos se encoge de hombros,
sonriente, él o ellos, como frente
a un niño que mueve las piezas
del tablero de juego.
Hoy han venido a buscarme los incendiarios.
Nunca vives una vida entera
sin cruzarte con ellos alguna vez.
Sé bien de sus disputas interiores,
sus traiciones, los espías del Déspota
que llevan en su organización:
los engañé; les dije
que me esperaran, que yo iría con ellos.
Mientras ellos aguardan, y yo, quieto,
me quedo en mis recámaras, el loco
quemará a la Diosa por los cuatro costados
de su templo. Se perderán
esa ruindad. Cuando lleguen
sólo habrá un agujero donde antes
la santidad moraba.
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