COMIENDO EN CHELSEA
¿Y el pueblo?
Nunca está hecho.
Ni siquiera
muere, se disuelve
como el azúcar en el café,
¿en quién? en otros pueblos,
deja sus monumentos, que como
una foto antigua, nos hablan
de quien se parece y no se parece
a nosotros.
Los griegos de Rosario
levantaron un Partenón de cartón
a orillas del río, en la Fiesta
de las Colectividades. Pusieron
fotos de Melina, de Katzanzakis, vendieron
mousaka, sovlakos, y en la esquina
de la Séptima Avenida y la calle
Catorce con mi mujer decíamos
que era la mejor comida
del mundo, no su
filosofía, su comida, lo que
bien pensado, es mejor. Pero Grecia
ya no es pagana, es cristiana me dicen
nuestros negros volcándose
a las iglesias evangélicas porque
la política ha muerto con la corrupción, y no parece
haber manera de ser bueno
en la polis, parece
más bien que hay que esperar
por la Ciudad Eterna
de Dios, como a la jubilación, y ellos
terminan en las iglesias evangélicas
pero sienten lo mismo
miedo a la muerte, las iglesias
sólo son las carnicerías del deseo,
el deseo se vuelve insoportable
y no tienen posibilidad
de robar, y todavía
tienen miedo de matar.
Pero los griegos no son así, y en la calle
Catorce y la 7th Ave., mi mujer siente
que esa comida no mata los deseos
sino que los enciende, enciende
las ganas de vivir, y en sus asados,
ellos, los negros, sienten
que el pastor, lleno
de deseos, no consigue matarlos.
No: pisos
de parquet, escuelas, un vestido
decente, uno indecente, minas,
y en el cielo no hay
esas cosas! ¿Es que acaso
se va al templo por temor
a la muerte, a no vivir? Se va
para tener excusas para vivir
frente a la muerte de los hermanos.
¡Templos! Cómo florece la libertad
cuando en el corazón sabemos
que el deseo es deseo
de lo que es, es
un agujero por el que corren
los vientos del mundo.
Nosotros estaremos
abiertos como una red
en el río, tendidos
para que el agua de tiempo
por atrás y por delante se quede
estática en la maravilla
de algo hecho para no detener.
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