CONSPIRADORES
Odio a los conspiradores, que en los pasillos
del palacio del César, hablan
y critican a sus rivales, con propósitos
definidos de sacar rédito
de ello.
Sería bello si se detuvieran
en lo gratuito de las críticas:
en la constatación
científica del hecho
denigrante. Es un arte
eso.
Desgraciadamente, no es así,
y su poder de observación, aunque
notable, tiene fines; coincidir
con ellos me resulta
antipático:
al inclinarnos
a la verdad asombrosamente
hallada, le arrimamos agua
a sus torpes molinos
de vacío.
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