EL PURO EN BROOKLYN
Calle sin señales
ni nombres, números
o recuerdos de otros.
Calle larga
sin transversales
sin balcones, con casas
playas y baldíos que parecen
prolongarse hasta el infinito.
Sin semáforos.
Sin gente.
Sin final.
Pero llego
al final. Yo decido
cuál es el final
(porque sigue).
Vuelvo. Llegué
a lo que yo digo
que es el final
y vuelvo. Doy
la vuelta del perro
de diez mil kilómetros.
Un bar
se sienta a descansar en mí.
¿Qué podría decirle?
Lo levanto. Un taxi me toma.
No le voy a decir siga derecho, se
reiría ¡Si pudiera
ser llorado, al menos, por una lágrima!
Lo que me entristece en serio,
son las estrellas.
Por un momento son las del campo,
veo la Cruz del Sur, y de golpe
aparece la Osa Mayor
que, además, no se ve, porque las luces
de Nueva York la tapan.
En Las Flores vería las estrellas
mientras me asaltan amigablemente
los candy-men.
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