GLOSANo sé qué tienen las flores cuando al atardecer me impregnan de lo que son, y yo creo haberles infundido mis afecciones, sí, las flores del camposanto, que, en realidad, crecieron donde quisieron ellas, porque lo del lugar es cosa nuestra, que las vemos cuando las mueve el viento y lo que nos parece, sin embargo, es verdad, y no imaginación de los autores populares: que parece que están llorando.