LOS MENDIGOS EN LA PLAZA
Llegan acá,
dejan
los recuerdos allá: eso
es lo que es
pasar de un lado al otro
por una puerta cualquiera.
Entrar, salir, de mundos
distintos.
Hay que volver, sin embargo,
si se quiere
mirar a los recuerdos,
a los hijos, a lo
que en esta vida de veras
se hizo: ¿y allí?
Resultás ser un fantasma,
resultás
ser alguien incomprensible,
que no se puede abrazar
ni besar; ellos mismos
encienden sus aparatos
de TV, llenos
de otros fantasmas, que tampoco
podrán besar ni abrazar, y eso
es lo que sos ahora para ellos.

¡Si por lo menos estuvieran
aquí los verdaderos
fantasmas! Aquél
muchacho que murió
a los veinte, aquélla
que se fue a Buenos Aires a vivir
y nunca más supimos
dónde estaba; muertos
fieles y amables, que no llegaron
a sufrir ni el Rodrigazo
ni el Proceso; aún
acostumbrados a abrirte
la puerta de su casa, sin
preguntarte quién eras, sin
proponerte negocios, sin
cagarte para salvarse. Clase
media, pero de la de
antes, poco
preocupada en verdad por seguir
las modas políticas para
no quedarse atrás: aldeana
y simplemente reaccionaria
indiferente; y dispuesta, por otra
parte, a no perjudicar
mayormente al prójimo,
salvo sus compañeros de trabajo
con vistas al ascenso. No está.
No está. No hay
aquí ninguno de ellos, prueba
de que hay varios infiernos, o bien
de que ellos fueron al cielo, no porque
en su libre albedrío lo merecieran
sino porque la historia
se los permitió ¿O será esto
el cielo y ellos
están en el infierno? ¿Oh, Little
Church Around the Corner, estás
en el cielo o en 
este infierno, albas
sin luz, y cielo
sin estrellas y sin viejos
amigos leales
o dulces?