MIGRANTES INTERNOS
1
No entiende esta ciudad.
Cree que es su pasto 
de engorde; el lugar
que un dios le señaló para crecer;
cuando crece, no obstante,
no sabe para quién:
esa extraña
que no ha aprendido a amar
resiste impávida.
Portales y calles, van tiesos
a la demolición, sin responderle.
2
Pasto del alma, tanto hablar del alma,
en ciudades que no saben lo que son.
Y la viveza criolla de querer vivir
como si las cosas no fueran así:
como si las piedras fueran algo más
que lo que un viento armaría en su azar;
es que le falta alma. En los huecos
de árboles, de rincones de piezas,
falta impregnarse de oscuras sensaciones
que compartir. Historia. Falta
historia en las ciudades, y si no se atan
a la noche, pueden irse en el viento.
3
Mi abuelo no es tu abuelo.
Tu abuelo vivió en una ciudad, el mío
vivió en el campo. Él vino
de muy lejos y sus recuerdos de infancia
quedaron dentro de él. El tuyo
nos habló de ese campo, de esos arroyos,
y las arboledas que ahora divisamos
al recorrer los caminos, parecen
salidas de lo que él imaginó; y la ciudad
se nutre de sus vacilaciones, de sus aires
de lo que él tuvo que pagar
para vivir aquí. El otro, 
también. Pero no habló. Sus
palabras han quedado para siempre
del otro lado de nuestra vida, las
imaginamos: hacemos
el cuento de él, y está
bien, porque se venía
aquí, por cuentos. La tierra,
abierta, húmeda, es una infancia
para nosotros; la ciudad,
una adolescencia deslumbrada;
lo de allá no ha nacido.
Lo contaremos, hijo, cada vez
un poco distinto
4
Hay muchas plazas. Ninguna
te deja ver al amado y al odiado
al mismo tiempo. Los árboles
están adentro, no como
en el pueblo, afuera. (Los
susurros nacen
del corazón de los edificios, no los
acarician en la piel). Por eso,
para él, estas plazas
son secretas ¡Y sus hijos
juegan en ellas, y no es posible
decírselo! Pero esta
desconfianza penetrará
en sus vidas, igual, pese
a las ventajas de la nueva
situación (Adentro, afuera,
todo es lágrimas, movimiento,
todo es vivir).
5
Porque no nos repetimos
lo suficiente, porque, por desgracia,
somos bastante distintos
del que una vez vivió, del que
nos seguirá. Podríamos
ser felices reconociendo
esa repetición, pero nunca
lo haremos, la ciudad
ha arruinado todo eso, aunque
nuestros hijos jueguen en ella.
6
Me siento en un bar, y tomando
un café ¡zas! veo un poeta
escribiendo: esto en el pueblo
no pasaba.

¿Cómo vive esta gente? ¿Cómo
camina la poesía por las calles,
así, sentándose
a la mesa del verano, sin que nadie
se burle, sin que nadie
se admire, floreciendo
entre la indiferencia, como
cicutas benévolas?
7
Estás parado donde hubo un árbol.
Pero hace mucho. La calle
era de tierra, entonces. Ensuciaba
las blancas faldas que en ese tiempo
se arrastraban. Esa calle
estaba llena de residencias, y el silencio
los domingos, se demoraba
en esos pechos, conmovidos
por una callada ansiedad. Pero
allí, allí mismo, el árbol,
fuerte y erguido, alzaba sus ramas.
8
El corazón calla en el exilio.
Calla. Recuerda
la entrañable caricia que las tormentas
de tierra, hacían a las ventanas
que miraban al patio
en las tardes grises y enfermas
de junio.

Calla con eso. Deja hablar
al ciudadano autómata
que lo reemplaza, firmando
cheques, y cobrándolos.

Él es el asombrado.

Son las caricias de la muerte
y  vive para esperarlas.
9
Pero querer vivir, ¿cómo
querer vivir, aquí?

¿Ir al hipódromo, ésa
sucursal de los campos?
¿Fingir ser campechano,
como allá no se hubiera sido?
Sobre todo, dejar algo
aquí, sin saber qué,
para los hijos
sembrando como un ciego
en la cruel nada.