PONIENDO ORDEN
Vean al hombre sentado
junto al lago del parque,
olfateando el destino.
Son las nueve de la mañana,
el desorden inmutable
cuaja en los recorridos
administrativos del jardinero
municipal. Pájaros
hay, también; la presencia
del hombre ha ordenado
todo, sin embargo.

Es así: la voluntad
de los quásares había caído,
y cierta desazón invadía a los pájaros
cantando las casualidades
del mundo.

Pero el hombre.
En su imperceptible feriado
buscó la soledad para pensar,
para olfatear las cosas:
los muertos susurrando
a los futuros muertos, entre globos
y risas del domingo, sus secretos.

El secreto del parque entrevisto
en la primera infancia, que llevó
mucho después a los grandes bosques
naturales, de la mano ya aérea.
El secreto de Sigfrido tirado
entre las flores, con su espada
recostada en un tronco. Era
un libro y se perdió para recordarlo.
El secreto del cardenal posándose
en el pino de las Canarias, donde nunca
pensamos que estuviera (Como la llave
del placard).

Volverá el libre al barrio, a los
trabajos. Investido de ciertas
confesiones irrepetibles (por él), buda
local, con éticas que permiten
los desodorantes y el aire
acondicionado. La cultura,
implacable, canjea una parte
de sufrimiento por otra. Los jardines
artificiales propagandizan
lo natural verdadero: el mito,
el arbitrario y atónito; la falta,
la gran complicidad.