RÍO PINTURAS
El hombre que se sentó
en el fondo del valle
a tocar su pequeña flauta
espantó a los pajaritos
que habían venido a posarse
en sus hombros. Ellos
no eran novedad para él,
acostumbrado a esos
lugares, donde nunca hubo
nadie; en cambio precisaba
la música, por la angustia
profunda que lo llenaba.
Sopló en las cañas. El pequeño
sistema de signos hubiera
podido entresacarse de esos
pocos elementos; con muy poco
él hablaba de mucho. Eso
era lo que quería, justamente.
No por nada los pájaros huían.
La música evocaba cosas
que pasarían dentro de mil años.
Él sabía; sabía que no había
que intentar comprenderlas, sólo
tocar la música, calmar
el alma, y continuar
andando. Y en la tierra
ningún rastro quedó de este suceso.
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