TUDOR CITY
Ha robado pero tiene cáncer, y nadie
lo ignora, menos él; todos, todos,
hasta el Presidente, saben
que tiene cáncer, menos él.
En la cercana UN lo saben
y sus vecinos de Tudor City lo saben,
y se ríen pensando en la cara
que va a tener
cuando lo sepa; saben
que no tiene la hombría
suficiente para bancársela.
Y él no dirá: “¿y quién la tiene?’’
como cuando coimeaba, porque
estará demasiado aterrado, sintiendo
que la incorruptible le está tocando
lo que él nunca creyó que le tocaría.

Eso le pasa por tratarse
con un argentino: el médico
que le cobró plus y le hizo todo
porque quería estar hecho, pero
no lo curó. Lo curró. Cada vez
que empieza a subir la escalinata
del Monumento para llegar
a Tudor City, siente
esas puntadas en la espalda.
Pero no sabe. Son los demás
los que saben, los demás, ese peligro
más terrible que el comunismo.

¡El comunismo! En la esquina
de Houston y Mulberry Str., ve al tipo
que vende uniformes soviéticos
en liquidación, marrones
con hombreras, con grandes
hoces y martillos en las faldas,
en sus grandes perchas públicas.
Hay que ir a un café italiano,
un café donde llamar al mozo como acá, a pesar
de que él baja de Tudor
City al Monumento en dos minutos,
pero no puede ir al café; sólo
puede ir al médico; empieza
a sospechar, y por qué, con toda
esa plata, no puedo ir al Cairo
o al Savoy, sólo al  médico
ése, y todo
no es como había pensado.
“Habré robado demasiado poco’’:
cuando lo dice, por fin,
cae en la cuenta.