Malabarista de Pekín
Pequeño, sedoso y azulado: su mano izquierda en continuo. Toma un palillo, blanco también, y lo ajusta como primera rama. Luego un plato, de una China milenaria, comienza a girar. Repite la operación. Son dos los platos ahora, en movimientos imperceptibles. Al desafío se suman, asombrosamente, admiración y silencio entre los espectadores. El malabarista sabe, conoce esa armonía de giro suficiente. Confía en sí mismo. Observa las porcelanas. Recuerda esa necesidad de concentración en la posibilidad inevitable del imprevisto... ... ¿Y si sólo un milímetro cediera aquel árbol sujeto a la ilusión de otra ley?