No quería

No se me ocurren los vendavales del cuerpo 
ni las manos de esta mujer; 
su poesía de hecho, 
la tumba salada. 
Me la vendieron como a un mito 
que agitaba las letras (con o sin versos), 
sombrerito años treinta y un vestido charleston; 
fumando boquillas largas, 
revolviendo café belle epoque. 
Labios que proclaman feminismo, 
fea y mal llevada, 
destruida por un hombre pequeñito. 
La conocí sin ganas 
una mañana del post modernismo, 
en el pupitre de un colegio católico. 
No la quise blanca, ni la quise pura. 
Hoy sigo marcando su número de teléfono, 
pero atiende siempre su nodriza fina 
y me repite lo mismo: 
que no insista, porque ha salido...