POEMAS
En nombre de aquél que depara las horas,
en el destino del linaje que escuchaste,
has dirigido tu vista con ojos sin preguntas
en una hora que a la mirada destruye,
las cosas llegan frías al semblante
y se desprenden de los vínculos antiguos.
Sólo hay un encuentro: conjurar
místicamente las cosas mediante la palabra.

Junto a los guijarros de la gran ruina del mundo,
el monte de los Olivos, donde sufrió el alma más honda,
pasando por el Posílipo de los Anjou,
por la sangre de los Staufer y su gestión de venganza:
una cruz nueva, un nuevo patíbulo,
un sitio, sin embargo, sin horca o sangre,
jura en estrofas, juzga en el poema,
los husos giran silenciosos: cantó la Parca.

En nombre de aquel que depara las horas,
adivinado sólo cuando se desliza
en una sombra que completa el año
(inexplicable queda el libro de las horas),
un año junto a las piedras de la universal historia,
escombros del cielo y escombros del poder,
y entonces una hora suena, es la tuya: en el poema,
monólogo del sufrimiento y de la noche.