Cárcel de Ankara
Carta de un hombre incomunicado en su celda
He grabado tu nombre con mis uñas
en la correa de mi reloj.
Bien sabes que ahí donde estoy
no hay ni navaja con mango de nácar
(no nos dejan llevar objetos cortantes)
ni un pino, con su cabeza en las nubes.
Quizás se encuentre algún árbol en el patio
pero me está prohibido
ver al cielo sobre mi cabeza...
¿A cuánta gente más, este sitio, le sirve de hogar?
Lo ignoro.
A solas conmigo mismo, estoy lejos de ellos.
Todos juntos, ellos, están lejos de mí.
Me está prohibido
hablar con otro que no sea yo.
Entonces, hablo conmigo mismo.
Pero, como encuentro muy aburrida mi conversación,
canto, esposa mía.
Además, ¿qué te parece?,
esa voz mía, horrenda y sin armonía,
me llega tan dentro de mí
que me destroza el alma.
Y exactamente
como el huerfanito aquel
que anda descalzo, por los caminos cubiertos de nieve,
con los ojos azules húmedos
sorbiendo con su nariz pequeña y roja;
este corazón mío
tiene ganas de acurrucarse en tu seno y llorar.

Llorar...
no para detener sobre la carretera al viajero del caballo bermejo.
Llorar...
no para dejar de oír los gritos de los negros pájaros hambrientos,
ni para que se abra la puerta ardiente de un piadoso hogar...
Llorar
temblando en el viento...
Llorar sin esperar
nada de nadie.
Llorar, a solas,
para uno mismo...
Y yo
no me avergüenzo de este estado de mi corazón.
No.
No me enciende el rostro
el que mi corazón baje tristemente la cabeza,
el sentirle adentrarse en sí mismo,
el verle en este instante
tan débil,
tan egoísta,
tan simplemente humano.
Quizás esté atravesando una crisis.
Quizás este estado
tenga alguna explicación fisiológica, psicológica o algo similar.
Quizás la razón de todo eso
esté
en las rejas de esta ventana,
en este cántaro de barro,
en estas cuatro paredes
que, desde hace muchos meses,
no me dejan oír más voz humana que la mía...

Son los cinco, esposa mía.
Fuera,
con su sed, sus extraños rumores, su techumbre de tierra,
con su caballo delgado y cojo
que permanece inmóvil en medio del infinito,
fuera,
con toda su habilidad, con toda su maestría,
es decir, con todo lo que haga falta
para volver loco al que se encuentra dentro,
baja una noche de estepa, tremendamente roja,
sobre el espacio sin árboles.
Hoy también, la noche vendrá de pronto.
Una luz se paseará cerca del flaco caballo cojo,
y, de pronto, se llenará de estrellas
este vacío sin árboles
de una naturaleza desesperanzada
que está ahí,
tendida frente a mí,
como el cadáver de un hombre rudo.
Hemos llegado otra vez al esperado fin del asunto.
Es decir que todo está en su sitio, todo está ya completo,
para una suntuosa nostalgia.
Yo, yo el hombre de dentro,
otra vez demostraré mi conocida habilidad,
y con la fina flauta de mis días infantiles,
entonando un canto con ritmo encendido
juro, por Dios, y maldigo mi lengua desprovista de alegría
por sentirte en mi mente
tan lejos,
tan perdida en la bruma
como si te contemplara en un espejo quebrado...
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