El hombre que anda
Alta su frente 
su bufanda roja al viento 
        anda.

Anda paso a paso.
Anda lento, pesadamente
        anda.

El viento ruge como el mar. 
Sopla el mar como el viento. 
Corren las luces por todas partes 
     como estrellas que se deslizan.

Llegan voces de las profundidades,
de las lejanas orillas del corazón.
—¿A dónde vas, hijo mío, a dónde?
    Vuelve, mi amor, 
      vuelve, hermano mío,
        vuelve, tú, el hombre de mi casa, vuelve.

Él sigue andando,
        cantando
          una marcha fúnebre enardecida de luz.

Él sigue andando
     con su pecho que asciende y desciende 
     como un barco rodeado de olas.
Anda paso a paso, 
     anda lenta, pesadamente 
          anda...

Probablemente
     nunca más acariciará 
     los rubios cabellos 
     de su hermana 
     que cosía, sentada en sus rodillas.

Probablemente
     nunca más se tumbará 
     al pie de la jara. 
     Ya nunca le contemplará 
como se contempla el camino que va hacia el sol...

Él anda, sigue andando 
con pasos anchos y firmes atraviesa los caminos, 
se le mueven los brazos como dos mazos pesados. 
Tiene el pecho hinchado como un escudo...

Ya no oye al fin 
     las palabras 
     de los amigos enfermos y cojos 
que esperan siempre la noche sentados 
alrededor de la misma mesa de madera. 
Son palabras que gotean en el corazón 
           como esencia de claveles.

Como dos puñales desnudos, 
         desnudos, 
         hunde sus ojos en su cara 
         y avanza hacia el enemigo.

ANDA PASO A PASO
               ANDA LENTAMENTE,
                             PESADAMENTE
                                                      ANDA