Carminum III, 1 (A sí mismo)
Odio al vulgo profano y lo rechazo. 
Tened las lenguas: sacerdote de las Musas, 
voy a cantar versos jamás oídos antes 
a los niños y a las doncellas. 
A sus propios rebaños rigen 
temibles reyes, y a ellos los gobierna 
Júpiter, famoso por su triunfo Giganteo, 
el que lo mueve todo con su ceño. 
Sucede que un hombre alinea en los surcos 
mayor número de árboles que otro hombre; 
éste, de más noble linaje, baja 
al Campo a competir; aquél,
mejor por sus costumbres y su fama 
rivaliza con él; otro tiene mayor 
cantidad de clientes. 
Con justa ley, Necesidad 
sortea a los notables y a los ínfimos: 
una amplia urna mueve todo nombre. 
Aquel sobre cuya impía cabeza 
pende desnuda espada 
no encuentra dulce el sabor de los festines Sículos 
ni el canto de las aves y de la cítara 
le devuelven el sueño. Ese sueño 
apacible que, en cambio, no desdeña 
la casa humilde del campesino, 
ni la umbrosa ribera, 
ni Tempe, el valle oreado por los Céfiros. 
Al que desea sólo lo suficiente 
no lo seduce el mar tumultuoso,
ni el ímpetu cruel de Arturo al ponerse, 
ni el nacimiento de las Cabrillas, 
las viñas azotadas por el granizo 
o una finca mendaz, ya culpen sus plantíos 
a las aguas, a las estrellas 
que abrasan los campos 
o a los inclementes inviernos. 
Sienten los peces reducido el mar 
por las moles lanzadas a sus aguas, 
pues allí van a parar las piedras 
que sin cesar arrojan el empresario con sus obreros 
y el señor harto ya de tierra. 
Mas Temor y Amenazas
suben adonde está el señor, 
y la negra Inquietud no se separa 
de su trirreme guarnecida de bronce 
y cabalga tras él, jinete. 
Y, si ni el mármol Frigio, 
ni el uso de la púrpura más brillante que un astro, 
ni la viña Falerna, 
ni el costo Aquemenio
alivian el dolor del que sufre, 
¿por qué voy a construir un atrio grandioso 
con puertas envidiables, según el nuevo estilo? 
¿Por qué voy a cambiar 
mi valle de Sabina 
por riquezas tan pesarosas?
Traducción Luis Alberto de Cuenca y Antonio Alvar, 1981