Carminum III, 30 (A Melpémone)
Terminé un monumento más perenne que el bronce 
y más alto que las regias Pirámides
al que ni la voraz lluvia ni el impotente Aquilón 
podrán destruir, ni la innumerable
sucesión de los años, ni la huida de los tiempos. 
No moriré del todo: una gran parte de mí 
se salvará de Libitina. Creceré en los que vengan 
tras de mí con gloria siempre nueva, 
mientras suba el pontífice al Capitolio 
junto a la virgen silenciosa. 
Se dirá de mí, allí donde el violento 
Aufido fluye ruidosamente y donde 
Dauno, pobre de agua, reinó 
sobre silvestres pueblos, 
que, aunque de humilde cuna, fui capaz 
el primero de trasladar la lira Eolia 
a metros Itálicos. Toma, Melpémone, 
para ti la gloria ganada por mis méritos, 
que yo sólo quiero que ciñas de buen grado 
mi cabellera con laurel Délfico.
Traducción Luis Alberto de Cuenca y Antonio Alvar, 1981