Carminum IV, 7 (A Torcuato)
Han huido las nieves y ya vuelve 
el verdor a los campos, el follaje 
a los árboles. Muda la tierra su destino 
y los ríos decrecen y fluyen por sus cauces. 
La Gracia, con las Ninfas y sus hermanas gemelas 
se atreve a dirigir desnuda los coros. 
«No esperes lo inmortal», te avisan el año 
y la hora que arrebata el día nutricio. 
Los Céfiros mitigan el frío. El verano, 
que ha de morir también, arrolla a la primavera. 
En cuanto el fructífero otoño 
haya derramado sus frutos, 
volverá al punto el estéril invierno.
No obstante, las veloces lunas 
reparan los daños celestes. 
Pero nosotros, cuando caemos 
donde cayeran el piadoso Eneas, 
el rico Tulo y Anco, 
somos polvo y sombra tan sólo. 
¿Quién sabe si los dioses del cielo añadirán, 
a la suma de nuestros días hoy, 
el día de mañana? 
Todo lo que hayas dado con ánimo amistoso 
escapará a las manos ávidas del heredero. 
Una vez hayas muerto y haya dictado Minos 
sobre ti solemne sentencia,
Torcuato, 
no te devolverán a la vida ni tu linaje, 
ni tu elocuencia ni tu piedad. 
Ni la propia Diana puede librar al púdico Hipólito 
de las tinieblas infernales, 
ni Teseo puede arrancar de las cadenas Leteas 
a su querido Pirítoo.
Traducción Luis Alberto de Cuenca y Antonio Alvar, 1981