Alba
Yo abracé el alba de verano.
Nada se movía aún en la fachada de los palacios. El agua estaba muerta. Los campos de sombras no abandonaban el camino del bosque. Caminé, despertando los alientos vivos y tibios, y las pedrerías miraron, y las alas se elevaron sin ruido.
La primera empresa fue, en el sendero lleno ya de destellos frescos y pálidos, una flor que me dijo su nombre.
Me reí en la rubia wasserfall que se desmelenaba al atravesar los abetos: en la cima plateada reconocí a la diosa.
Entonces levanté uno a uno los velos. En el sendero, agitando los brazos. En la llanura, donde la denuncié al gallo. En la gran ciudad, huía yo entre los campanarios y las cúpulas y, corriendo como un mendigo sobre los muelles de mármol, la perseguía.
En lo alto del camino, cerca de un bosque de laureles, la rodeé con sus velos amontonados, y sentí un poco su inmenso cuerpo. El alba y el niño cayeron en lo hondo del bosque.
Al despertar, era mediodía.