Obreros

       ¡Ah, esta cálida mañana de febrero! El sur inoportuno vino para renovar nuestros recuerdos de indigentes absurdos, nuestra joven miseria.

       Henrika tenía una falda de algodón de cuadros blancos y marrones, que debía de usarse en el siglo pasado, un gorro con cintas y un pañuelo de seda. Bastante más triste que un vestido de luto. Dábamos un paseo por las afueras. El cielo estaba encapotado, y aquel viento del sur estimulaba todos los sórdidos olores de los jardines asolados y de los prados resecos.

       Eso no debería fatigar a mi mujer tanto como a mí. En un charco dejado para la inundación del mes anterior en un sendero bastante alto, hizo que me fijara en unos peces muy pequeños.

       La ciudad, con su humo y el ruido de sus oficios, nos seguía desde muy lejos por los caminos. ¡Oh, el otro mundo, habitación bendecida por el cielo, y las enramadas! El sur me recordaba los miserables incidentes de mi niñez, mis desesperos de verano, la horrible cantidad de fuerza y de ciencia que la suerte siempre ha alejado de mí. No, no pasaremos el verano en este país avaro donde no seremos más que unos novios huérfanos. Quiero que este brazo endurecido no arrastre más una querida imagen.