Hiraizumi
El esplendor de tres generaciones de Fujiwara duró el sueño de una noche. Los restos de la entrada principal de la mansión están a la distancia de un ri del conjunto de las ruinas. El palacio de Hidehira es un erial y sólo queda en pie el monte Gallo de Oro. Subí a las ruinas del palacio Takadate. Desde allí se ve al Kitakami, gran río que viene del sur; el río Koromo, tras de ceñir al castillo de Izumi, se le une bajo el palacio Takadate; las ruinas del castillo de Yasuhira, con el paso de Koromo, que está más adelante, guardan la entrada del sur y constituyen una defensa contra toda invasión. Aquí se encerraron los fieles elegidos. De sus hazañas nada queda sino estas yerbas. Recuerdo el antiguo poema:
Las patrias se derrumban,
ríos y montañas permanecen;
sobre las ruinas del castillo
verdea la hierba, es primavera.Me siento sobre mi sombrero y lloro, sin darme cuenta del paso del tiempo:
Hierba de estío:
combates de los héroes,
menos que un sueño.Soro escribe otro poema:
Flores de U:
¡Ah, canas del héroe
Kanefusa!Me habían encomiado mucho las dos famosas capillas. Ambas estaban abiertas; en la de los Sutras están las estatuas de los tres capitanes y en la de la Luz yacen tres ataúdes, tres Budas velan. Los Siete Tesoros se han dispersado, el viento ha roto las puertas incrustadas de perlas y las columnas doradas se pudren bajo la escarcha y la niebla. Hace tiempo que todo se habría derrumbado, agrietado por el abandono y comido por las plantas salvajes, pero han levantado nuevos muros y han construido un techo contra el agua y el viento. Estos monumentos, viejos de mil años, todavía afrontarán al tiempo:
Terco esplendor:
frente a la lluvia, erguido
templo de luz.