La playa de Iro

      El día dieciséis se aclaró el cielo. Quise recoger conchitas rojas en la ribera y fui en barco hasta la playa de Iro. No hay más de siete ry por mar. Un señor llamado Tenya preparó la comida y botellas de saké e hizo que nos acompañase mucha servidumbre. El barco llegó en un instante a la playa, gracias al viento favorable. Ahí no había más que unas cuantas chozas de pescadores; tomamos el té y calentamos el saké en un pobre monasterio llamado Hokke. El triste atardecer penetró en nuestros corazones:

Melancolía
más punzante que en Suma,
playa de otoño.

La ola se retira:
tréboles en pedazos,
conchas rojas, despojos.

      Rogué a Tosai que escribiese los pormenores de esta tarde y dejamos en el libro del templo nuestras impresiones escritas.