PALABRAS PRELIMINARES
Andrés Morales: la poesía vuelve crepitando como el fuego
Por Miguel Ángel Zapata *
Hofstra University of
New York
La poesía de Andrés Morales está dominada por varias esferas. En una de ellas abunda el paisaje que abarca el orden del espíritu, y en la otra, cohabitan el amor, el lenguaje y la muerte. Su poesía es una amalgama de la tradición chilena revisada (Huidobro, Mistral, Neruda, Rojas, Hahn, Zurita) con la poesía mística española y variados ingredientes de Rilke, Baudelaire y Rimbaud.
Los elementos que primordialmente se yuxtaponen en su obra son el desierto y el agua. El desierto trae el sentido de la soledad del mundo, y también la idea del amor y la escritura. El agua se manifiesta como la metáfora del desierto: el mar es un desierto lleno de dunas y palabras, y también esa carencia, ese vacío en el tiempo. Por eso no es extraño encontrar desde sus primeros libros la presencia del agua:
En todos los ríos del mundo
buscaba el desierto en el agua
(Soliloquio 22) (1)
Después de casi dos décadas desde la publicación de su primer libro, la poesía de Morales ha venido explorando y arriesgando con nuevas formas y temas. El mar (el desierto del agua, el vacío) se manifiesta desde sus primeros poemas publicados. En este contexto, el agua (el texto) es una grieta que debe reparar el lenguaje. Pero en ese proceso interminable, el poeta muestra el trayecto de una poética que se va dispersando: entra y sale de la vanguardia, retoma otros cauces, gira entre la percepción de los interiores (la casa, el lenguaje) y el exterior (la ciudad y su crueldad), y todo esto en medio de una descarga de imágenes que provienen de una compleja transparencia.
La casa (el primer universo) se abre para ser ya no sólo la casa del hablante sino la casa del mundo, ahí donde viven los libros y las ciudades. Al mismo tiempo aparece tempranamente la señal del desastre, que lo emparienta con cierta temática practicada por el mexicano José Emilio Pacheco y el chileno Oscar Hahn. Desde su propio territorio, Morales apuesta hacia una poesía que va desde el interior (una pieza sin ventanas) hacia los exteriores de la naturaleza, desde la soledad de una botella y una casa, hasta el Apocalipsis del mundo. El desastre en la poesía de Pacheco siempre se aproxima al caos azaroso de la urbe. En Hahn hay una vertiente de las formas clásicas, y la muerte y el amor son prácticas fundamentales en sus poemas. Hahn emplea elementos de la literatura fantástica, donde se advierte una revitalización del lenguaje clásico español, con giros del habla popular chilena. Morales prefiere el espectro de los objetos, apuesta por lo existencial, y la memoria sin remordimiento. Su aporte radica en una cadena de imágenes que muestran a la naturaleza y al lenguaje en pleno contrapunto. El poeta dice:
las palabras rompen la calma o esas nubes
que están cruzando ahora
la sala
(De Antología Personal , pág. 198) (2)
Por otro lado, Raúl Zurita es el poeta que explora la superficie del texto y la superficie del cielo. El cielo para Zurita es un gran texto que recrea el lenguaje. El universo se acerca a las palabras. Morales apuesta por la práctica de una poesía compleja y neotransparente. Pareciera que lo oscuro y lo transparente no pudieran funcionar simultáneamente en un poema. Lo oscuro y lo transparente se lee con lucidez en toda la poesía de Gonzalo Rojas. También, basta releer a Góngora y Quevedo, para encontrar la pista de tal bifurcación, y su final reencuentro en el abismo de la cerrazón. Andrés Morales capta esta dispersión en Ciclo: un encuentro con varias metáforas esenciales en el arte poético: el ciclo del aire y la tierra, el ciclo del polvo y la luz en el poema. El agua y la piedra se intraalimentan en su silencio:
El agua rompe al agua en esa piedra quieta.
El río sigue al río en su secreto paso.
El mar descubre al mar y en ese amanecer
Un niño sueña océanos de noches y de lluvias.
(De Antología Personal, pág. 202)
Las imágenes luminosas rasgan la exacta distancia entre el mundo y las cosas. Es el ciclo del mundo y su transformación simultánea. El agua, el río y el mar se reencuentran ante la piedra y la memoria y todo vuelve a su mismo cauce y reciclaje. Es un paisaje abierto a la ensoñación de la noche y la lluvia. Este tipo de poética escudriña el pensamiento de lo incierto a través de la transparencia y el hermetismo de la piedra.
Hay una sentencia memorable de Hugo Friedrich al referirse a Montaigne que se puede aplicar a los textos de Andrés Morales: sus poemas poseen un gozo sereno; es decir, el poeta sabe que se puede nadar en el mar proceloso y que el agua soporta y lleva tanto más y mejor cuanto más honda es. Esta hondura se radicaliza en los textos concisos del poeta de Santiago. He ahí su lumbre característica, su música y su primera esfera. Dos imágenes recurrentes en la poesía de Morales, desde sus primeros libros, se refieren al espejo y al mármol. Por el espejo se transluce el limen, la frontera del lenguaje y sus ínsulas extrañas, y por el mármol, la dureza del odio, el amor y la muerte.
Ignacio Valente había celebrado en su poesía un rigor verbal y la presencia de un hermetismo habitual en sus textos pero -agregaba Valente- conseguían desprender un tono, una impresión, una atmósfera emocional bien definida (3). Por otro lado, Eduardo Milán señala que Morales pone en duda al mundo, y ese mundo se refleja en un lenguaje fragmentario, astillado (4). Aunque no siempre funciona fragmentado, el mundo poético de Morales se reencuentra con la naturaleza de los objetos. El poeta que conoce bien la geografía de las palabras y la superficie de la página entiende que las recombinaciones verbales, variando de contextos, son fundamentales para el logro de una obra poética sólida y coherente. No se trata solo de fragmentar sino también de practicar un lenguaje circular y volver al fragmento y a las astillas de Heráclito. Morales entiende bien esta parodia y este juego. En este sentido se separa drásticamente de la poética de sus coetáneos, y aun cuando algunos temas hayan sido tratados por otros poetas, el reciclaje es otro.
En sus libros más recientes, especialmente en Escenas del derrumbe de Occidente (1998) y Réquiem (2001) pervive aquella duda temprana que comenzó a manifestarse ya en Soliloquio de fuego (1984), pero con nuevos ajustes revitalizadores. Ahora su registro poético se torna más variable y voluble: viaja de la casa a la ciudad, pero siempre con la imagen de alguna ventada cerrada y el espectro cruel de la ciudad (horror y fascinación) como en los poemas del cuerpo en su visión de sombra y de fuego. En Regreso (Antología Personal, pág. 197) el poeta retorna por la palabra perdida y descubre un reencuentro gozoso con la poesía:
la poesía vuelve en las gotas de la lluvia:
como el fuego, crepitando, como el fuego vuelve,
como el mar
Los alquimistas -dice Juan Eduardo Cirlot- conservan en especial el sentido dado por Heráclito al fuego como agente de transformación, pues todas las cosas nacen del fuego y a él vuelven (5). El fuego en este contexto funciona como una energética espiritual que regenera la visión de la poesía. La poesía es agua y fuego al mismo tiempo, es fecundidad y transformación. Andrés Morales ha dejado las ventanas abiertas de su poesía, los poros alertas para las nuevas alucinaciones de la lengua.
El lector puede reencontrarse con discursos aparentemente distintos, pero en el fondo, hay un solo poema que se va alargando a través del tiempo. Ahora vuelvo a leer estos poemas y descubro que su equilibrio está en las variantes del agua y del fuego, de la escritura y de la memoria. El poeta se reencuentra con la práctica de una poesía clara y oscura, como un sol que también sabe de su sombra. Han pasado los años y el camino está abierto para la poesía. La casa del lenguaje está ahí esperando el rumor del agua, al iris de la sombra de un ojo en la memoria.
* Publicado en el libro de Miguel Ángel Zapata,
Moradas de la Voz. Notas sobre poesía hispanoamericana contemporánea.
Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
Facultas de Letras y Ciencias Humanas.
Instituto de Investigaciones Humanísticas. Lima, Perú, 2002
(1) Soliloquio de fuego. Santiago de Chile, Orgon Editores, Colección El Globo de Madera, 1984
(2) Antología Personal. Poesía 1982-2001, Santiago de Chile, Ediciones Universidad Diego Portales - RIL Editores, 2001
(3) Santiago de Chile, El Mercurio, 24 de julio de 1983
(4) Vuelta, Año XIV, Nº 169, Ciudad de México, diciembre de 1990.
(5) Juan Eduardo Cirlot. Diccionario de Símbolos, Barcelona, Editorial Labor, pág. 209, 1991
DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS
Nació en Santiago de Chile, en 1962. Es Licenciado en Literatura por la Universidad de Chile y Doctor en Filosofía y Letras con mención en Filología Hispánica por la Universidad Autónoma de Barcelona (España).
Actualmente desarrolla su escritura poética conjuntamente con sus clases de Literatura Española Clásica y Contemporánea y de Poesía Chilena en la Universidad de Chile y en la Universidad Finis Terrae, ambas en Santiago de Chile.
Libros publicados
Poesía
- Por ínsulas extrañas, 1982
- Soliloquio de fuego, 1984
- Lázaro siempre llora, 1985
- No el azar/Hors du hasard, 1987
- Ejercicio del decir, 1989
- Verbo, 1991
- Vicio de belleza, 1992
- Visión del oráculo, 1993
- Romper los ojos, 1995
- El arte de la guerra, 1995
- Escenas del derrumbe de Occidente, 1998
- Réquiem, 2001
- Antología Personal, 1982-2001, 2001
- Izabrane Pjesme, (Poesía Reunida), 2002
- Memoria Muerta, 2003
- Demonio de la nada, 2005
Ensayo
- Antología Poética de Vicente Huidobro, 1993
- Un ángulo del mundo. Muestra de poesía iberoamericana actual, 1993
- Poesía croata contemporánea, 1997
- Anguitología, 1999
- España reunida: Antología poética de la guerra civil española, 1999
- Altazor de puño y letra (1999)
- Antología de Poesía y Prosa de Miguel Arteche, 2001
- De palabra y Obra, 2003
Crítica literaria
- Destacan sus libros dedicados a la poesía chilena, hispanoamericana, española y europea
Premios y distinciones
Entre otros:
- Premio Manantial de la Universidad de Chile, 1980
- Mención en el Premio Municipal de Santiago, 1983
- Premio Miguel Hernández al mejor poeta joven latinoamericano, Buenos Aires, Argentina, 1983
- Beca Pablo Neruda, 1988
- Beca de Hispanista extranjero (como poeta y académico) del Ministerio de Asuntos Exteriores de España, Madrid, 1995, Fondo Nacional de la Cultura y las Artes de 1992 y de 1996
- Premio Ciudad de San Felipe 1997
- Beca de Creación Literaria 2001 de la Fundación Andes, Beca de Creación Literaria para escritores profesionales del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes de Chile 2001 y 2004
- Premio de Poesía Pablo Neruda 2001
- Premio de Ensayo Centro Cultural de España en sus versiones 2002 y 2003
Antologías
Ha sido incluido en más de treinta y nueve antologías chilenas y extranjeras y un gran número de revistas literarias chilenas y del exterior
Traducciones
Su obra poética se encuentra parcialmente traducida a ocho idiomas: inglés, francés, italiano, portugués, croata, sueco, noruego y chino.
|
| . |
|
Andrés Morales
|