Ángela Reyes
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| PALABRAS PRELIMINARES
Poética Para mí, la poesía es un cofre lleno de palabras que encontré en Granada, a la edad de ocho años. Nadie vino a reclamármelo, nadie echó en falta su pérdida y desde entonces no me he separado de él porque es una de las cosas más preciosas que poseo. DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS Nació en Jimena de la Frontera, Cádiz, 1946; reside en Madrid desde 1958. Libros publicados: Poesía
Plaqueta
Plaquetas, plegables, pósters, hojas, en colaboración con Juan Ruiz de Torres:
Prosa
Premios y distinciones En poesía:
(no se incluyen 12 premios a poemas sueltos) En narrativa:
Otras actividades:
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Ángela Reyes |
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ESTÁ MI TIEMPO ACOMODADO entre el amor y el desaliento. Cada día, con la memoria más pequeña y la mirada más pendiente de la mar, atiendo la gangrena de esta casa que se me muere por donde ayer solíamos entrecruzar las velas de la carne. Ya no rezo, no corrijo la arruga que va del labio al alma, ni me sorprende si la mano izquierda enloquecida parte allá donde declinan las palomas. Todo está por hacer: desde morir hasta plegar tu traje que de tanta quietud se queja de la nuca. Todo viene bajando por mi espalda como río que parte hacia lo oscuro, y quedo sola sin la vejez de tus zapatos, sin el olor a sal de tus axilas, sin tu abrigo muriendo en el perchero. Quedo sola, como mujer de la fotografía, con la raya del pelo bien trazada, la blusa haciendo frente al tiempo-sepia y en los párpados, y en la boca, dolorida la música que cantan los ausentes. De Cartas a Ulises de una mujer que vive sola, 1991 |
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LA TARDE QUE MURIÓ LA NIÑA AZUL el otoño rozó el bronce de la aldaba. Quemaba el aire como beso de novio a punto de partir y allá, en ese sitio en donde octubre le da a la uva su color de incendio, un perro de testuz viajera ladró con un sonido casi humano. Era una tarde que compartía la vejez con la orfandad de la retama cuando murió la niña azul. Su casa daba al mar y el mar, desarraigando su posición yacente, llegó tal un muchacho y le besó en la boca conocida. Luego, con ánimo de ir donde ella fuera, enlutecióse y no se hizo otra cosa más que delta viril que buscaba refugio en su pálido cuello. (Nada me asusta tanto como cerrar los ojos y verlos replegados bajo la misma piel, yéndose de la mano para heredar la última sonrisa). De La niña azul, 1991 |
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EL VERANO ANTERIOR, Josefina Manresa había comprado unos metros de encaje de bolillos y un frasco de almendrado aceite que suavizaba el agua. Aprendió a empequeñecerse el talle desde que oyó decir que por una cintura desvalida trepaba fácilmente la pasión. En marzo nueve, ella había cosido dos diminutos lirios de organdí en el extremo de sus ligas. Y en una alcoba no lejana su camisón de muselina estaba amaestrado para desabrocharse fácilmente, para caer rendido al suelo lleno de pliegues. También la blusa, y el chaquetón de pana, y hasta las medias de algodón, sabían que aquella noche dormirían mirando a la pared, apenas se iniciara la más dulce tormenta bajo la colcha rosa pálido. De Breviario para un recuerdo, 1993 |
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HAY MUJERES QUE NUNCA SE ASOMARON a los ojos de un hombre y viven sin conocer al ángel-gladiador que, espada en mano, habita en la planicie gris de la mirada. Yo conozco a tu ángel, recolector de menta. Lo vi en esa noche única, en una noche que vivirla quisimos otras veces para enjuagarnos tanta pesadumbre. Incontenible es su odio cuando me acerco a ti. Se alza de tus profundas nieves para punzarme el vientre, para clavarme su aguijón más dulce que las moras. Luego se aleja atesorando heridas, sabiéndose invencible, rechazando los haces de carméndulas que de siempre le ofrezco. Muérame si nunca más he de besarte, si no puedo sorber la música que llevas en los labios. Muérame mientras te amo, aunque su estoque seccione en dos la yema de mi ombligo y rueden por la colcha mis lunares gemelos, y la melaza de mi sangre caiga mojándole las alas. Muérame si no te llamo con cuatro golpes de agonía, cuando tu plenitud me colme y le ángel se adelante por mi preciosa hondura a más velocidad que el alba horada los postigos. De Carméndula, 2000 |
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DE MUJERES, era un trabajo sólo de mujeres limpiar el óxido y la yedra al joven que en la fuente orinaba mirando el horizonte. Entre madres e hijas quedó la ciencia del frotado, el gusto de arrancarle al cobre el moho que los inviernos dejaran al partir. Sólo ellas sabían la leyenda del triste desterrado, los siglos que llevaba exhibiendo su nardo bello, ahora convertido en fuente para pájaros. Y sabían también qué noche, qué minuto de febrero bisiesto, el caño del orín pasaba a ser melaza que al beberla mitigaba el insomnio y muchos otros males del alma femenina. De Travesía hacia el Sur (inédito) |
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ELLA FUE LA SEÑORA DE LA NOCHE, la que tasaba al hombre y le medía el crepúsculo rojo de su vientre y el sube-y-baja-mar de su entrepierna. Ella, tan linda, tuvo todos los hombres que pariera la luna, y los que dio la tierra. También los que escupió la mar, y a los que el tren dejó olvidados en medio de la noche tan llena de amargura. A todos ellos tuvo entre sus brazos entre sus piernas solitarias, muy dentro de sus medias, al final del corpiño, donde la luz es grande. Los tuvo sobre el beso, sobre el pubis, junto a su cuello de algodón tostado. A todos poseyó, y nunca por amor, ni por dinero, sino por compartir el pan redondo de la risa y el migajón de la ternura. Ahora es la vieja del recuerdo y cría cabras en isla Perejil. Aquel cordón de seda verde, que sus amantes varias vueltas liaban en su talle, hoy es cuerda que con el cubo va al aljibe, buscando agua fresca, cuando la soledad se le acurruca como un perro en la niña de sus ojos. De Historia de mujer con echador (inédito) |