Aurelio Arturo
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| PALABRAS PRELIMINARES
Aurelio Arturo y la poesía esencial LA POESÍA ha sido pensada, por un pensamiento muy lúcido y que se funda en metáfora honda, como la construcción de una casa, de una habitación para el hombre. La palabra sería, en esencia, Morada. Aurelio Arturo construyó en sus poemas tal habitación humana. Morada al sur es el título de su único libro.
Un lugar que es el ámbito de la niñez:
La "casa grande" de las vivencias del niño, la casa grande de los sueños y las fábulas. Una nodriza negra una figura legendaria, como enmascarada, los ojos húmedos le brillan en la sombra como estrellas de platatrae en "su saliva melodiosa" los cuentos y los mitos.
La luz, la iluminación. La búsqueda del instante no es quizá otra cosa que el afán de recuperar la riqueza y la nitidez de la visión infantil.
Es como si el adolescente tardío se obstinara en el duelo por el niño, como si siguiera velando su cadáver. El poema Morada al sur es el sueño de un niño. (Está muerto, ¿su sueño es el de la muerte?)
Y en una canción de su segunda época, Canción del niño que soñaba, llega a nombrar "el pequeño cadáver". Y el umbral, en fin, que da acceso al secreto mundo de la niñez, está marcado por la muerte:
Hay dos ciclos en la poesía de Arturo. El primero, el de Morada al sur, está concluso. Son sus poemas tempranos. Los del segundo ciclo, diferentes por sus ritmos, dan la impresión de una tentativa. Ahora el poeta maduro quisiera cantar la noche de la ciudad, reflexiona sobre la palabra. No obstante, el tema de la casa, del país infantil se impone, vuelve obsesivamente. Yerba, Tambores, Lluvias son poemas que regresan, aun desde la circunstancia de la ciudad, al mundo elemental de la aldea y a las voces de la niñez.
¿No hay en la raíz del animismo de Arturo una suerte de panteísmo gozoso, más sentimiento y visión que concepto, como conviene a un poeta? Si de día en cada hoja está el brillo del sol, de noche las hojas iluminadas son como estrellas murmurantes. El paraíso es también un mundo donde todo se cambia en todo, donde todo se disuelve en sus elementos. Es la naturaleza elemental, en cuyo seno se producen las oscuras transformaciones. Un ''profundo río de mantos suntuosos", que es también el padre, "sube por los arbustos, por las lianas". Las mujeres crecen en la penumbra, se oyen engrosar sus brazos "cuando la sombra es el crecer desmesurado de los árboles". Y en los árboles, sepultados en ellos, creciendo con ellos hay reyes y reinas fabulosas:
Hay un poema, de los últimos que escribió, que es como una delicada amenaza. La Yerba (así, con ye, el título), más silenciosa sin embargo que la jocunda hierba whitmanía, avanza y lo cubre todo
Así, con esa finura, repta una amenaza delicada pero mortal. Porque la yerba invade
Hay que oírla, ya que no perdona "el desdén/ el abandono", y si no es oída
y persigue la planta humana que la deja.
Por eso, porque el mundo que canta Arturo es el de una fertilidad a la vez creadora y destructora, hay esa dureza, ese recio júbilo en su poesía. Y, aunque haya nostalgia por la niñez perdida, no hay nunca queja o elegía, o si las hay están transfiguradas por el gozo. Garcilaso enunció el tono de su poesía al acuñar la feliz expresión que habla de un "dolorido sentir". Arturo no enuncia menos felizmente el tono de la suya cuando nos dice de su "gemido gozoso". No es, pues, la queja, sino el gozoso gemido del amante.
El mundo, en suma, de los antepasados. No sólo ya el de la infancia individual sino el de la infancia mítica de todos los hombres. Un paraíso al sur, situado con todo en una geografía precisa, cerca al Pacífico, donde "esas lluvias inmemoriales", "lluvias que vienen del fondo de los milenios", "pueblan la tierra de hojas grandes/ lujosas". Arturo nombra una y otra vez esas hojas grandes, tan semejantes a las de los cuadros del aduanero y a la vez tan reales:
Porque está arraigado en su tierra, en el país y los países de Colombia, puede decir:
Palabra es un poema fundamental de la madurez. Una escuetapero no por eso menos rica meditación sobre la poesía:
La palabra, "fina o tosca" debe ser en todo caso forjada "con el fuego de la sangre y la suavidad de la piel de nuestras amadas". Y está
Y es "moneda de sol". Y refleja "nuestro yo/ nuestra tribu". (¿El yo es pues un yo de la tribu según ese profundo espejo?) Y es "monólogo mudo" pero también diálogo. Y es
La música es el meollo de la poesía de Arturo. Hubo una secta, el simbolismo, cuyos adeptos sostenían que la poesía es esencialmente música y buscaban "la música ante toda cosa". Arturo viene de ellos, quizá pertenece a la secta secretamente. Su bosque de rumores y aromas y alas es "sólo para el oído". Y la mujer, que es la belleza, la fecundidad, la madre, es para él acaso la misma música:
Arturo trabaja la palabra musicalmentesu textura, su ritmo para modular el hálito, el hechizado "soplo vivo del viento". Pocos poetas entre nosotros habrán cuidado como él, en esto tan cercano de Silva, la línea melódica y el paso del verso. No es gratuito que parte en sus poemas, en la mayoría de ellos, del alejandrino simbolista, que se constituye en pie de apoyo desde el quesaltando, bailandoteje su verso. Un verso lleno de descoyuntamientos y fracturas, de elisiones o alargamientos detrás de los cuales es difícil a veces reconocer el metro original, al que no obstante vuelve de tanto en tanto. Un verso que generalmente prescinde de la rima o deja sólo una asordinada y variable rima asonante, pero que halla otras sonoridades más diluidas, suaves insistencias y aliteraciones (reinas blancas, blandas", "la habla pulposa, casi palpable").
El verso de Arturo se quiebra en balbuceos, abunda en iteraciones y reiteraciones que le dan un talante que parece obsesivo, acorde con su obsesivo ocuparse de un solo tema. ¿O tiene en él la reiteración más bien un carácter incantatorio?
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Aurelio Arturo |
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| CANCIÓN DEL AYER |
A Esteban UN LARGO un oscuro salón rumoroso cuyos confines parecían perderse en otra edad balsámica. Recuerdo como tres antorchas áureas nuestras cabezas inclinadas sobre aquel libro viejo que rumoraba profundamente en la noche. Y la noche golpeaba con leves nudillos en la puerta de roble. Y en los rincones tantas imágenes bellas, tanto camino soleado, bajo una leve capa de sombra luciente como terciopelo. La voz de Saúl me era una barca melodiosa. Pero yo prefería el silencio, el silencio de rosas y plumas, de Vicente, el menor, que era como un ángel que hubiese escondido su par de alas en un profundo armario. Mas, ¿quién era esa alta,trémula mujer en el salón profundo?, ¿quién la bella criatura en nuestros sueños profusos? ¿Quizá la esbelta beldad por quien cantaba nuestra sangre? ¿O así, tan joven, de luz y silencio, nuestra madre? O acaso, acaso esa mujer era la misma música, la desnuda música avanzando desde el piano, avanzando por el largo, por el oscuro salón como en un sueño. |