Carlos Juárez Aldazábal
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| PALABRAS PRELIMINARES
Escribí Por qué queremos ser Quevedo y La soberbia del monje entre 1993 y 1996. Ambos poemarios nacieron con la pretensión de ser los cimientos de una obra. El esbozo de una respuesta a la pregunta del por qué de este oficio, junto con un recetario personal de poéticas, fue la excusa para unificar vivencias inconfesables con lecturas olvidadas en el tejido de los versos. Buenos Aires, octubre de 1999 |
Carlos Juárez Aldazábal |
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La soberbia del monje
Nada se logra sin petulancia Hay que escurrir las sábanas creídas |
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| Sob Erbia |
Ella tiene un amante en Berlín para mostrarles a sus amigas las estampillas que le llegan (hay una con el bigote de Hitler que es muy curiosa.) Lee el francés, entiende el checo y ha realizado traducciones de poetas clásicos a su lengua materna para contribuir con la civilización de los idiotas. Su padre era irlandés, por eso, aunque no se escuche demasiado, ella posee una colección completa de música británica, y esto debido a que los Erbia fueron druidas enigmáticos emparentados con la Reina. Ella tiene un monje que con sangre ha afirmado que la ama (cierta vez recibió una carta que decía "Sob te quiero", con una firma enorme, y al figurarse a un cura masturbándose con su foto se entretuvo con la risa por un buen rato.) Las amigas de Sob se divierten mucho con estos cuentos. |
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| El monje, Sob Erbia y la muerte |
La tercera vez que Sob tentó al monje fue durante un diluvio de ángeles en el gris de un parque rioplatense: -Nos toca a nosotros -murmuró el del hábito. -¿Qué cosa? -Convertirnos en víctimas de la abstracción horrorosa que muerde el corazón de los amantes. La primera vez que el monje eyaculó en Sob Erbia fue cuando en Berlín salieron los cañones a las calles: -¿Viste que no era tan terrible? -¿Qué cosa? -respondió el sin rostro. -Convertirnos en dioses, aplastar a las hormigas que mutilaron los cuerpos. La última vez que la hembra comprobó las virtudes de los santos fue durante un censo de adivinos lanzado por un tribunal de inquisidores: -Sabés que no puedo -profetizó la dama. -¿Qué cosa? -Salvarte de la mediocridad que crece en las postales que envían los ausentes a los vivos. La semana en que la muerte se interpuso entre ellos el silencio se llenó con la neblina candente de las lágrimas. Antes de retornar a Berlín, en un convento de Salta, el monje blasfemó sus votos de obediencia guardando en el dolor la dulce iniquidad de su Sob Erbia sepultada. |
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| El calvario del monje |
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| El retorno |
Amamos el hueco, no la inconsistencia de la carne. Decir que un monje reza equivaldría a decir: en los cementerios las ganancias son rosas o todas las rosas son pestañas de viento o amamos los cuerpos cuando se deshojan bajo las rosas del sepulcro o me amarías si estuviera muerto o te amaría... Pero no es un capricho decir que un monje reza. Decir al monje es decirnos, retornar al poema que se esconde en la negritud del origen, desenterrar al poeta. Desenterrarnos. Ya sé, ¡es tan penoso volver cuando el desamor es un cuerpo atenazado! Igual no es un capricho decir que un monje reza. Por lo menos lo digo, permito que regrese. Lástima que amemos el hueco y no la inconsistencia de la carne. Lástima. ¡Sería tan bueno decir un monje alegre! La tristeza huele a pan, a torta frita, a mate, a monje, a poeta escribiéndose en la túnica, a cuerpo entero. La tristeza duele. |
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La inclusión de Carlos Juárez Aldazábal en
Poéticas es una atención de Biblioteca Virtual BEAT 57 beatcincuentaysiete@hotmail.com http://ar.geocities.com/beat_virtual |